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Verano sin testigos
Fecha: 01/11/2025, Categorías: Incesto Autor: Elena VH, Fuente: TodoRelatos
Durante años, el verano fue lo mismo: calor en la casa de los abuelos, siestas largas, libros prestados, cenas en la terraza… y ella. Clara. La hija de la mujer con la que mi hermano se casó y después se separó. Técnicamente, mi sobrina política. Pero no había sangre entre nosotras. Ni pasado. Solo veranos. Tenía dieciocho. Piel muy blanca, casi traslúcida. Siempre con el pelo recogido y esa forma de sentarse como si se estuviera escondiendo de algo. Yo tenía treinta y ocho. Nunca había tenido pareja. Nunca había estado con un hombre. Y, aunque me diera vergüenza decirlo, jamás con nadie. Supongo que por eso me gustaba tanto leer. Y por eso nos llevamos tan bien. Aquella primera noche compartimos cama por accidente. La casa de los abuelos estaba llena: primos, tías, nietos. Clara y yo nos miramos al ver que nos tocaba la habitación de invitados. —¿Contigo? —preguntó, en broma. —No ronco —respondí. Fue la primera vez que dormimos juntas. Y aunque las dos fingimos normalidad, ninguna durmió del todo. A la mañana siguiente, fui la primera en despertar. Ella seguía dormida, de lado, con una pierna descubierta y la camiseta subida, dejando ver parte de su espalda y la curva blanda de una cadera sin ropa interior. Me giré rápido. Pero mi cuerpo ya lo había registrado. No dije nada. Los días pasaban y el calor apretaba. Nos quedábamos en casa cuando todos se iban a la playa. Leíamos tumbadas ...
... en el sofá. Veíamos películas que no eran para su edad. Y cada vez que se sentaba cerca, lo notaba. Su piel suave. Ese olor a gel fresco. Sus piernas siempre recién depiladas. Y su forma de mirarme como si esperara algo de mí que yo no me atrevía a nombrar. Una tarde me propuso bañarnos en la piscina del jardín. —¿Vamos juntas? —me dijo—. Estoy muerta de calor. Bajamos en silencio. Clara llevaba un bikini negro muy simple. Muy pequeño. Se le marcaba todo. Y yo, con mi bañador de mujer mayor, me sentí ridícula y deseada al mismo tiempo. Entramos al agua y flotamos. Sin hablar. Solo el ruido del agua entre nuestros cuerpos. En un momento, se acercó para jugar. Me salpicó. Me abrazó por detrás. Y se rió al rozar mis pechos con sus brazos. Me aparté, fingiendo broma. —Estás tonta. —¿Por qué? ¿Te molesta? No respondí. Ella tampoco. Pero ese día, por la noche, no se puso pantalón para dormir. Solo una camiseta muy fina, sin sujetador. Y cuando entré en la habitación, me estaba esperando, acostada de lado. Como la primera vez. Pero despierta. Durante horas nos rozábamos sin querer. Rodillas que se tocaban. Caderas que se rozaban con el movimiento de las sábanas. Pies que se enredaban con torpeza. Hasta que una noche, Clara me tocó la mano. Me la agarró. Y la puso sobre su muslo. No me moví. Ella tampoco. La mantuvo ahí. Calor contra calor. Y después, más ...