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Promoción del 93. Capítulo 32
Fecha: 12/11/2025, Categorías: Grandes Series, Autor: MujerQueDesea, Fuente: TodoRelatos
Había algo en Marisa que desarmaba, sin que ella se lo propusiera. No era exactamente la belleza lo que imponía su presencia, aunque fuera innegable que tenía un atractivo delicado, de esos que se revelan sin aspavientos. Su rostro conservaba una frescura casi adolescente, con una expresión melancólica que la acompañaba incluso cuando sonreía. Los ojos grandes, de un tono incierto entre el verde y el ámbar, parecían siempre a punto de decir algo que no se atrevían. El cabello, ondulado y oscuro, caía con desorden cuidado sobre los hombros, y su figura delgada —más insinuada que expuesta— tenía algo de silenciosa elegancia. Caminaba con una naturalidad sin artificio, como si no supiera lo bien que le sentaban los vaqueros gastados o las blusas vaporosas. En la oficina era querida por todos. Su forma de estar rozaba lo maternal sin caer en lo condescendiente. Escuchaba, acompañaba, ponía humor cuando era necesario, resolvía los conflictos con una diplomacia intuitiva. Sabía cómo sacar adelante los informes más ásperos, y también cómo atajar el mal humor de un jefe con una taza de café y un comentario oportuno. Félix, desde el primer día, supo que Marisa sería una compañera diferente. Pero detrás de esa ternura práctica, había otras capas. Marisa arrastraba una herida temprana, un vínculo inconcluso con la figura paterna, una idealización persistente que, con los años, fue enredándose en sus vínculos amorosos. Tal vez por eso, sin saberlo del todo, buscaba hombres con ...
... autoridad emocional, figuras con una mezcla de protección y distancia. Su historial sentimental hablaba de enamoramientos sin mucha reciprocidad, de esperas largas, de fidelidades mal correspondidas. Y aun así, seguía sonriendo. Seguía creyendo en la posibilidad de que alguien la mirara de verdad. Por eso el acercamiento a Félix había sido tan natural como inesperado. Era su confidente, su aliado, su refugio cotidiano. Pero una noche, entre películas, confidencias y una copa de vino, se inclinó a besarlo. Fue apenas un gesto, un intento, un deseo tembloroso. Y él, con toda la dulzura posible, la detuvo. —Eres una mujer adorable, Marisa —le había dicho—. Pero no quiero hacerte daño. La diferencia de edad es mucha. No quiero confundirte ni enjaularte. Ella se apartó sin dramatismo. Sonrió con los ojos húmedos, y asintió como quien entiende más de lo que quisiera. Desde entonces, su relación seguía siendo buena, pero había algo distinto. Una línea no dicha, una tensión contenida. Félix la observaba aquella mañana, mientras ella entraba en la oficina con su termo de té y una carpeta bajo el brazo. Saludaba a todos, como siempre, con ese modo suyo de hacer que todo parezca sencillo. Y él no podía evitar preguntarse si había hecho bien. Si aquel beso no hubiera sido, en realidad, una rendija que se cerró demasiado pronto. Si sus miedos —al ridículo, al juicio, al daño— no le habrían robado algo que podía haber sido bello. Pensó en Isabel. En Aurora. En todas las ...