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El arte del placer
Fecha: 16/01/2026, Categorías: MicroRelatos, Autor: Mary Love, Fuente: TodoRelatos
LA HABITACIÓN ESTABA ENVUELTA en una penumbra cálida, iluminada solo por la suave luz de las velas que parpadeaban en las esquinas. El aroma a aceites esenciales, una mezcla de sándalo y jazmín, llenaba el aire, creando una atmósfera de tranquilidad y sensualidad. La camilla en el centro de la habitación estaba cubierta con una tela fresca y suave, esperando el cuerpo que pronto se entregaría al placer. La mujer, desnuda y vulnerable, se tumbó sobre la camilla, sintiendo la frescura de la tela contra su piel. Cada respiración era profunda, cada latido de su corazón un recordatorio de la anticipación que crecía dentro de ella. El masajista entró en la habitación, sus movimientos fluidos y seguros. Sus manos, untadas en aceite tibio, comenzaron a deslizarse por la espalda de la mujer, trazando círculos lentos y profundos. Cada toque era una promesa, cada caricia un susurro de lo que estaba por venir. "Relájate", murmuró el masajista, su voz baja y seductora. "Deja que tus sentidos se despierten". La mujer cerró los ojos, sintiendo cómo la tensión se disipaba bajo sus dedos expertos. El aceite tibio se deslizaba sobre su piel, creando una sensación de calor y comodidad que la hacía suspirar. Las manos del masajista se movieron hacia sus muslos, amasando la tensión acumulada. Cada movimiento era deliberado, cada presión una invitación a soltar todo lo que la ataba. Se acercó peligrosamente a su coño, pero sin tocarlo aún. La anticipación era casi insoportable, cada ...
... centímetro de su piel anhelaba su contacto. "Por favor", suplicó la mujer, su voz apenas un susurro. "Toca mi clítoris". El masajista sonrió, sus dedos finalmente rozando sus pliegues, untados en aceite, deslizándose suavemente sobre su clítoris. Un gemido escapó de sus labios mientras sus caderas se levantaban, buscando más presión, más fricción. "Sí, justo ahí", jadeó, sus manos agarrando las sábanas con fuerza. Los dedos del masajista trabajaban con maestría, frotando y acariciando, llevándola al borde del éxtasis. Cada círculo, cada presión, era una tortura deliciosa que la acercaba más y más al clímax. "Me vengo", gritó, su cuerpo arqueándose mientras el placer la inundaba. Pero él no se detuvo, su boca reemplazó sus dedos, lamiendo y chupando su clítoris con una habilidad que la hacía ver estrellas. "Ya me viene, no pares", suplicó, sus muslos temblando alrededor de su cabeza. Él introdujo un dedo dentro de su coño, luego dos, bombeando en sincronía con su lengua. "Sigue, me corro", gritó, su orgasmo estremeciéndola hasta el núcleo. Las olas de placer la recorrieron, cada una más intensa que la anterior, dejándola sin aliento y temblorosa. Pero el masaje tántrico no había terminado. El masajista se despojó de su ropa, su polla dura y lista. "Refriega tu polla en mi coño", le ordenó, necesitando sentirlo dentro de ella. Él obedeció, su longitud deslizándose entre sus pliegues, untándose con sus jugos. La sensación era indescriptible, cada movimiento una promesa de más ...