1. Santa pecadora


    Fecha: 30/01/2026, Categorías: Control Mental, Autor: Traviesa, Fuente: CuentoRelatos

    El aire en la oficina olía a tinta seca y sudor frío, como en aquellos relatos rusos que Ares le enviaba meses atrás. Afrodita, con su vestido blanco transparentado por la humedad de su excitación— igual que la mujer de “Insolación” en su habitación de hotel—, se arqueó contra el espejo hasta empañarlo con la curva de su espalda.
    
    —¿Sientes cómo nos observan? —susurró, clavando las uñas en sus hombros hasta dejar marcas en forma de luna creciente—. Como en tu “Lunes Puro”… donde los amantes gemían “¡Bozhe moy!”.
    
    Sus muslos, cubiertos de un brillo viscoso, se cerraron como una trampa alrededor de sus caderas.
    
    Ares estaba goteando como cera de vela.
    
    —Esos amantes que creían estar solos… mientras Dios los miraba desde el rincón oscuro de la habitación. -le mencionó él.
    
    Afrodita trazó una cruz ortodoxa en el pecho de Ares con la punta de su lengua, saboreando el sabor amargo del miedo mezclado con el deseo.
    
    —Dijiste que éramos espirituales… —él le dio un mordisco en su clavícula.— Pero mira cómo rezamos ahora.
    
    —Tú y yo somos iguales: rezamos con los cuerpos… pero el diablo siempre toma nota.
    
    La mano de Afrodita descendió hasta su cinturón, jugando con la hebilla como si fuera un rosario, mientras la otra deslizaba el teléfono bajo el cojín.
    
    Y entonces, justo cuando él cerraba los ojos, ella le colocó una mordaza en la boca.
    
    —Eres tan espiritual y carnal a la vez. No huyas de mí… ¿Qué soy yo para ti, dorogóy? ¿Tu monja… o tu pecado favorito?
    
    Ares ...
    ... sintió el aliento de ella en su cuello, húmedo y ligero como el rocío en los cristales, pero no vio la sombra que se movía tras la puerta entreabierta. Apolo, su rival, ajustaba el zoom de la cámara con dedos que temblaban no de miedo, sino de placer anticipado.
    
    En la pantalla, la luz roja de la grabación parpadeaba.
    
    Apolo, con una mano grababa mientras con la otra se palmeaba la entrepierna, los dedos manchados de precum como tinta de bolígrafo barato.
    
    Afrodita arqueó una ceja y frotó su clítoris hinchado contra el muslo de su amante.
    
    —El aire huele a poder —murmuró Afrodita, mientras su mano deslizaba el teléfono bajo el cojín—. Y a traición… ¿No es eso lo que amas de los clásicos rusos, dorogóy?
    
    En el grupo anónimo, la captura de pantalla llegó con un mensaje:
    
    «Tus gemidos son tan predecibles como tus contraseñas.»
    
    —”Солнечный удар”… Nuestro golpe de sol. Tú me lo enviaste diciendo que eras el teniente y yo tu desconocida. Pero en el relato, ella nunca vuelve… (Una lágrima resbaló por su mejilla). —Apolo grabó nuestro final. ¿Quieres verlo… teniente?
    
    Sus palabras fueron como un cuchillo envuelto en terciopelo.
    
    La mujer de la limpieza —una silueta callada como las sirvientas de las novelas de provincia— avanzó con su trapo. Pero en lugar de limpiar el polvo, tomó el vibrador rosado que Afrodita le tendía.
    
    —Él cree que esto es suyo —dijo Afrodita, con la voz dulce y venenosa de una heroína. —Enséñale su error.
    
    La mujer lo escupió (como se ...
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