1. ESCORT 13 mi padre me renta por primera vez


    Fecha: 15/02/2026, Categorías: Incesto Autor: cachorra, Fuente: TodoRelatos

    ... envuelto en un vestido claro y sencillo, proyectaba una sensualidad tan natural que parecía crueldad. Me miró con una media sonrisa y dijo:
    
    —Sígueme.
    
    Y la seguí.
    
    Mientras nos alejábamos hacia el patio trasero, escuché al hombre de la casa decir con voz firme pero cariñosa:
    
    —No los interrumpas, Dolores.
    
    —¿Y si se besan? —dijo ella con tono burlón—. ¿No debería presenciarlo? Por fines documentales.
    
    —Dolores —repitió él, sin perder la paciencia, pero marcando la línea—. Deja que el Escriba haga su trabajo.
    
    Mientras subían las escaleras, lo vi palmearle cariñosamente el trasero. Una nalgada que estaba en medio del castigo y el deseo.
    
    Y ahí estábamos Cameron y yo, al final del mundo: el patio trasero.
    
    Una alberca descomunal se abría ante nosotros, turquesa perfecta, borde infinito que parecía querer tocar el mar que ya tocaba la casa. Más allá, el Caribe se agitaba con la pereza de una bestia dormida. El cielo era una sábana blanca y azul tendida por dioses perezosos. En una esquina, una mesa de jardín blanca nos esperaba como una confesión.
    
    Nos sentamos. Ella cruzó las piernas, yo abrí el cuaderno. El viento traía olor a sal, a madera húmeda y a algo más… algo que venía de ella. Algo que no se fabrica. Algo que no se olvida.
    
    Nos sentamos frente a frente, separados por una mesa de jardín blanca que parecía más un altar pagano que un mueble funcional. La superficie estaba fría al tacto, y bajo nuestros pies, el suelo de piedra pulida ardía aún ...
    ... con el sol del Caribe. A nuestra derecha, la alberca se fundía con el mar, y más allá, los yates flotaban como promesas de una vida sin peso.
    
    Cameron se cruzó de piernas con la precisión de una actriz que sabe dónde está la cámara invisible. Cada uno de sus movimientos parecía estudiado, pero no por vanidad… sino por instinto. Esa clase de instinto que tienen las mujeres que han sido deseadas desde los cinco años y jamás olvidaron el poder que eso les dio.
    
    —Me esperaba a alguien más… viejo.
    
    Sonreí. Un recurso defensivo, siempre útil cuando las cosas comienzan a oler a peligro.
    
    —Te decepcioné, entonces.
    
    —En absoluto. —Se inclinó ligeramente hacia mí, los codos sobre la mesa, y su escote se volvió un paréntesis perfecto donde podía esconderse cualquier silencio incómodo—. Solo que te imaginaba con menos mandíbula y más arrugas. Pero claro… hay algo en los hombres casados que no envejece. La culpa los conserva.
    
    —¿Eso crees?
    
    —Lo sé. —Se estiró como si el sol fuera su amante y estuviera posando para él—. Aunque tú no pareces muy culpable que digamos.
    
    —Eso depende de la hora y la compañía.
    
    —Entonces estoy a tiempo.
    
    Rió. Y su risa tenía esa textura extraña de las mujeres que no necesitan reír para coquetear, pero lo hacen igual, por deporte. Sus ojos brillaban con ese azul acuoso que sólo aparece en personas que han llorado demasiado en su juventud… o que han aprendido a fingirlo con maestría.
    
    —Me pareces fascinante —soltó de golpe, sin sutilezas—. ...