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Mi esposo reducido a mi perrito - Relato Corto
Fecha: 19/06/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Sushita Macuk, Fuente: TodoRelatos
Lo encontré como siempre: desnudo, sentado al borde de la cama, con su verga tiesa entre las piernas y las manos quietas sobre los muslos. Temblaba, no de miedo… sino de esas ganas desesperadas que me fascinan. Entré despacio, marcando cada paso con mis tacones de charol negro. La luz tenue me acariciaba el cuerpo envuelto en lencería roja, encaje y cuero que escogí solo para humillarlo con estilo. El látigo colgaba de mi mano como una amenaza deliciosa. —¿Has sido un buen chico, perrito? —pregunté con calma, disfrutando de cómo tragaba saliva, incapaz de responderme. Sonreí. Me encanta verlo así: un hombre fuerte en la calle, reducido a mi juguete aquí dentro. —Te advertí que hoy no sería lo mismo —le dije, avanzando hasta quedar frente a él—. Hoy vas a entender de verdad lo que es obedecer. Le ajusté el collar de cuero al cuello, apretando lo justo para recordarle a quién pertenece. Deslicé el látigo por su pecho, jugueteando con sus pezones hasta que se le escapó un gemido contenido. —Levante, boca cerrada. Espalda recta. Y los ojos en mí —ordené, poniéndome detrás de él. El primer golpe fue apenas una caricia con carácter. Lo escuché jadear, excitado, rogando sin palabras por más. Cada chasquido del látigo hacía que el aire se cargara de perversión; yo mandaba, él obedecía, como un animal bien entrenado. Me incliné hasta su oído, dejando que mi aliento le erizara la piel. —Dime… ¿te gusta que sea tu reina, tu puta con corona? —Sí… —susurró ...
... él, temblando. Sonreí, besándole el cuello antes de morderlo con la misma fuerza con la que lo había azotado. —Entonces compórtate como mi siervo —susurré—. Esta noche no vas a tocarme… a menos que yo lo ordene. Lo empujé suavemente hacia el suelo, obligándolo a arrodillarse frente a mí. Apreté el collar y lo hice levantar la mirada. Sus ojos ardían, mezcla de devoción y lujuria. Me senté en el borde de la cama, abrí despacio mis piernas y levanté la falda del liguero para que viera la tela húmeda de mi tanga. —Aquí tienes tu cena, perrito —le dije, acercándole mi entrepierna sin quitármela todavía. Intentó adelantar la lengua, desesperado, pero le di un latigazo en el hombro. —Te dije que no me tocaras sin permiso —escupí con dureza, disfrutando del gemido ahogado que soltó. Me incliné hacia él y, agarrándole del cabello, le restregué mi tanga empapada por la boca. —Aspira… huele lo que me provocas —ordené, moviéndome contra su cara—. Aún no mereces probarme, solo sentir lo mojada que me pones con tu obediencia. Su respiración era salvaje, se le notaba a punto de correrse solo con tener mi olor en la nariz. Sonreí satisfecha. —Tranquilo, todavía no he terminado contigo —dije, poniéndome de pie de nuevo. Lo obligué a ponerse en cuatro y le di una serie de azotes, cada vez más fuertes, marcándole la piel. Él gemía bajo, su verga rebotando entre sus muslos, húmeda ya de su propio líquido. —¿Quieres correrte, perrito? —pregunté, acariciándole ...