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Sacandole provecho a Tinder premium
Fecha: 14/07/2026, Categorías: Sexo Interracial Autor: luli96, Fuente: RelatosEróticos
... serpenteaban entre vellos oscuros. Al inclinarme para lamer uno de sus pezones, salió un gruñido de su garganta que vibró en mis labios. «Quiero ver vos también», ordenó, girándome para descerrar el vestido con una urgencia que hizo saltar uno de los botones de perla. La tela cayó a mis pies como agua, dejándome en apenas la seda negra de mi ropa interior. Sus ojos se oscurecieron al recorrer mi cuerpo. «Dios, Lucía», respiró, «sos más linda que en las fotos». Sus manos, ásperas como lija fina, me levantaron como si pesara nada y me depositaron sobre la cama. Lo que siguió fue una conquista lenta y deliberada. Su boca encontró primero mis labios, luego mi cuello, descendiendo hasta mis pechos con una devoción que me hizo arquear la espalda. Chupó mis pezones hasta enrojecerlos, mordisqueando el contorno con esos dientes perfectos que ahora descubría eran tan afilados como prometían. Al bajar, arrancó mi tanga con los dientes, rasgando la seda sin ceremonia. El sonido desgarrador me provocó un gemido involuntario. «Te gusta que sea bruto, ¿no, che?», preguntó contra mi muslo interno, y mi hipocresía de mujer elegante se desvaneció en un suspiro. «Sí», jadeé, «me gusta». Su lengua encontró mi clítoris con la precisión de quien conoce terrenos más ásperos que el cuerpo de una mujer. No fue el lamido educado de mis amantes porteños, sino una exploración salvaje que me hizo gritar en tres idiomas. Sus dedos, dos de ellos, se enterraron en mí con una fuerza ...
... que debería haber dolido pero solo alimentó mi lubricación. «Morena», gruñó contra mi sexo, «estás chorreando como una fuente». La vulgaridad en su boca sonó a poesía. Cuando no pude aguantar más, lo jalé hacia arriba por el cabello. «Te quiero adentro», ordené, y él sonrió con esa soberbia que solo los hombres seguros pueden permitirse. El condón apareció en sus manos como por arte de magia. Mientras se lo colocaba, yo me embriagaba del espectáculo de su verga erecta, gruesa y venosa, curvada ligeramente hacia arriba como una promesa. Me penetró de un solo empuje, llenándome con una intensidad que me hizo ver estrellas detrás de los párpados. El ritmo que estableció era implacable. Cada embestida me elevaba sobre las sábanas de algodón egipcio, sus caderas golpeando las mías con un sonido húmedo que era la partitura de nuestro encuentro. Mis piernas se enredaron alrededor de su cintura, mis tacones clavándose en sus nalgas para atraerlo más profundamente. «Acá», jadeé, guiando sus manos hacia mis nalgas, «agarrame más fuerte». Obedeció, sus dedos hundiéndose en mi carne hasta seguramente dejar marcas que encontraría al día siguiente. Cambiamos de posiciones con una fluidez que parecía coreografiada. Me puso a cuatro patas, entrando por detrás con una angulación que rozaba ese punto interior que me volvía loca. Una de sus manos se enredó en mi cabello, tirando hacia atrás hasta arquear mi espalda, mientras la otra me masajeaba el clítoris en círculos ...