1. Pantallas encendidas - Parte 1: Primeras miradas


    Fecha: 12/08/2026, Categorías: Sexo Virtual, Autor: Lucia, Fuente: TodoRelatos

    No fue un encuentro planeado. O sí, pero no de la forma en que uno prepara una cita. Lo nuestro empezó con conversaciones escritas, de esas que se alargan hasta que el amanecer entra por la ventana y uno finge que todavía no es hora de dormir. Habíamos hablado tanto que la videollamada parecía un paso natural, aunque en realidad me asustaba un poco. Era diferente escuchar su voz a través de un altavoz que verla en directo, notar sus gestos, descubrir cómo me miraba.
    
    Cuando contesté, lo vi sentado frente a su escritorio. La luz venía de una lámpara de mesa, cálida, anaranjada, que recortaba el contorno de su cara y dejaba parte en sombra. Vestía una camiseta gris, sencilla, pero el modo en que se acomodaba en la silla tenía algo de intencional. Me saludó con una sonrisa que no era del todo inocente.
    
    Yo estaba en mi habitación, recostada contra la cabecera, con el portátil sobre las piernas. No había pensado demasiado en la iluminación, pero la lámpara de noche creaba un halo suave alrededor de mi piel. Él me miró en silencio unos segundos antes de decir:
    
    —No te imaginaba así.
    
    —¿Así cómo?
    
    —Así… como si estuvieras esperándome desde hace rato.
    
    Me reí, pero sabía que tenía razón. Llevaba una camiseta ancha, pero cada vez que movía un brazo, la tela caía un poco más de un lado, dejando ver el hombro. Jugaba a recolocármela lentamente, fingiendo que era un gesto distraído.
    
    Él me pidió que me acercara un poco más a la pantalla. Lo hice, y pude verle los ojos con ...
    ... claridad: oscuros, fijos, como si estuviera midiendo cada detalle de mi cara. Luego me pidió que me recostara más. No fue una orden brusca, sino una frase suave, casi un susurro:
    
    —Apóyate atrás… quiero verte entera.
    
    Obedecí despacio. Estiré las piernas sobre la cama, dejé que la tela de la camiseta se arrugara a la altura de la cintura, y noté que su mirada descendía, pausada, deteniéndose en cada punto. No decía nada, pero su respiración cambió.
    
    —Ahora mira directo a la cámara —me dijo.
    
    Le sostuve la mirada. Esa conexión extraña, a través de un cristal, me hizo sentir que estaba más cerca de lo que realmente estaba.
    
    Jugamos así durante un buen rato. Él me pedía que girara un poco el torso, que recogiera las piernas, que me acomodara de lado apoyando la cabeza en la mano. Yo seguía cada indicación con movimientos lentos, disfrutando de la forma en que me observaba, como si estuviera memorizando una coreografía invisible.
    
    La conversación empezó a mezclarse con silencios largos, en los que ninguno hablaba, pero ambos sabíamos que pasaba algo. No era el silencio incómodo de no saber qué decir: era el silencio cargado, expectante, que se siente justo antes de que ocurra algo que no se puede deshacer.
    
    Al final, no recuerdo en qué momento exacto dejamos de hablar de nuestras cosas del día y empezamos a hablarnos con miradas. Cuando colgamos, su imagen quedó fija en mi cabeza. No podía tocarlo, pero esa noche dormí con la sensación de que sus manos habían estado ...
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