1. Mi entrenador, parte 3


    Fecha: 13/08/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Andreita, Fuente: TodoRelatos

    Esa tarde yo ya lo tenía decidido.
    
    Después de todo lo que habíamos hecho, después de verlo romper sus propias reglas, de escucharlo jadear mi nombre entre culpas, de saborear su leche directo de la fuente… quería más. Quería verlo rogar, desearme, perderse.
    
    Había un hotel discreto cerca del gimnasio, uno que parecía hecho para ese tipo de pecados silenciosos. Reservé con anticipación, pedí una habitación con espejo en el techo, y debajo de mi ropa deportiva, me puse la lencería más provocadora que tenía: solo unos hilos negros, encajes casi invisibles, y un corpiño que dejaba ver más de lo que cubría. Llevaba también un regalo especial: un par de esposas acolchadas de cuero, resistentes pero cómodas. Quería jugar. Quería dominarlo.
    
    Lo esperé en la entrada del gimnasio con una sonrisa que ya sabía él no podía resistir.
    
    —Tengo una sorpresa —le dije, bajando la voz, tocando su pecho con la punta de mis dedos—. Si te atreves…
    
    No dijo que sí. Pero tampoco dijo que no
    
    Minutos después, ya estábamos en la habitación. Jorge miraba todo con mezcla de culpa y deseo. Lo senté en una silla frente a la cama. No le di tiempo a pensar. Me puse entre sus piernas y me quité lentamente la ropa. Primero la blusa, luego la licra que bajé lentamente, dejando que mi cuerpo fuera quedando expuesto ante él.
    
    —Mierda… —murmuró al ver la lencería—. ¿Qué estás haciendo conmigo?
    
    —Dándote lo que necesitas —susurré, sentándome en su muslo—. Castigándote… o premiándote, según ...
    ... cómo lo veas.
    
    Saqué las esposas y él abrió los ojos con sorpresa.
    
    —No, no… eso sí que no —balbuceó, nervioso—. No puedo…
    
    —Shhh… —lo silencié con un beso en el cuello—. Solo relájate. Yo me encargo.
    
    Renegó un poco más
    
    Y él se dejó.
    
    Lo até a la silla. Las esposas se cerraron con un clic perfecto. Firmes. Seguras.
    
    Me arrodillé frente a él, con mis tetas apenas contenidas por los encajes, y comencé a tocarme la entrepierna despacio, con los ojos fijos en los suyos. Luego llevé mis dedos a la boca y los chupé con ganas, haciéndolo tragar saliva.
    
    —¿Te gusta mirar, Jorge?
    
    —Mucho… —susurró, con la voz rota—. Pero esto… esto no está bien…
    
    —No me importa si está bien —le dije, poniéndome de pie y bajándole los pantalones—. Lo único que importa es que tu pene está durísimo y quiere estar en mi boca.
    
    Le besé el glande con suavidad. Lo recorrí con la lengua, lento, húmedo, mientras él tensaba los brazos contra las esposas.
    
    —Estás loco si crees que vas a correrte rápido —le dije con una sonrisa sucia—. Hoy vas a ser mío… por horas.
    
    Lo succioné fuerte. Me metí toda su verga en la boca, gimiendo, babeándola, acariciando sus testículos, mirándolo con los ojos vidriosos. Él se retorcía en la silla, intentando moverse, suplicando sin palabras.
    
    —¡Andrea, por favor…! Suéltame… quiero cogerte… te necesito.
    
    —No todavía —le dije, subiéndome encima de él, dejando que mi vulvita mojada y rosadita rozara su glande—. Quiero que ruegues. Quiero que te ...
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