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La Sumisión del Ónix
Fecha: 13/10/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: afplanet, Fuente: TodoRelatos
... satisfecha, y aceleró el ritmo, sus manos agarrando sus caderas con fuerza para clavar cada embestida más hondo, más posesivo. Elena se vino con un estruendo silencioso que le destrozó por dentro, una ola de placer que nacía de la misma rendición y el mismo dolor, sacudiéndola hasta la médula. Y él, siguiéndola al abismo, la llenó con un gruñido ronco que era la firma final de su dominio. Cuando se separó de ella, Elena se derrumbó sobre la mesa, jadeando, dolorida, irremediablemente cambiada. Sabía, con una certeza absoluta, que pertenecía a aquel dolor, a aquel placer, a aquel hombre. Y no quería pertenecer a nada más. Damián se separó de ella, dejándola jadeando y derrumbada sobre la fría superficie de metal. Su respiración era un eco áspero en la quietud del loft. El dolor y el éxtasis aún reverberaban en cada músculo de Elena, una mezcla embriagadora que la tenía clavada en ese instante, suspendida en la rendición total. No hubo palabras. Solo el sonido de sus botas alejándose unos pasos y luego el crujido de cuero cuando se tumbó en el suelo, sobre lo que ella supuso era una alfombra o una piel. —Ven —ordenó, y su voz, aunque baja, no había perdido nada de su autoridad—. Aquí. Elena se empujó con dificultad, las piernas temblorosas, el cuerpo dolorido y extrañamente liviano. La venda seguía ciega, guiándola solo por su voz y el magnetismo que ahora sentía hacia él. Avanzó titubeante hasta que sus pies descalzos sintieron el tacto áspero de una piel de ...
... animal. —En cuclillas. Sobre mí —indicó. Elena obedeció, bajando con cuidado, sintiendo el tremendo esfuerzo en sus músculos adoloridos. Sus rodillas se abrieron, posicionándose a horcajadas sobre sus caderas. Y entonces lo sintió. La punta dura y erecta de él, aún húmeda de su propia esencia y la de ella, rozó con una electricidad brutal los labios sensibles e hinchados de su sexo. Un gemido le escapó. Instintivamente, bajó sus caderas, buscando alivio, buscando esa penetración que ahora anhelaba con una desesperación animal. Pero unas manos fuertes se aferraron a sus caderas, deteniéndola con firmeza. —No —fue la orden, seca y definitiva—. Quieta. Elena se congeló, jadeando, con el extremo de su deseo a un milímetro de la satisfacción. Una frustración agonizante le recorrió el cuerpo. —Por favor… —suplicó, con la voz quebrada por la need. —Calla —murmuró él—. Así no se pide. Sus manos, que sujetaban sus caderas, comenzaron a guiarla con una lentitud tortuosa. La hizo moverse hacia delante y hacia atrás, de lado a lado, haciendo que la punta de su erección recorriera, acariciara, rozara cada milímetro de sus labios empapados, del clítoris hinchado y sensible, sin llegar nunca a introducirse. Era una caricia obscena, una provocación exquisita. Cada roce era una chispa, cada pasada una promesa incumplida que la enloquecía. Elena gimió, perdida en la sensación, moviéndose sobre él como una marioneta en éxtasis, buscando frotarse, aumentar la presión, ...