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Cogiendo con un maduro
Fecha: 27/05/2026, Categorías: Confesiones Tus Relatos Autor: Leticia y Javier, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
Mi nombre es Leticia, tengo 19 años cumplidos, estudió contabilidad y para costear mis gastos trabajaba de medio turno en un puesto de gorditas que estaba a unas cuadras de la universidad. El local era grande, tenía veinte mesas aproximadamente. Ahí fue donde lo conocí a él: Javier, de 35 años, cabello oscuro con algunos hilos de canas, voz suave y una sonrisa que, sin querer, le llamó la atención desde la primera vez que pidió sus gorditas de chicharrón. Al principio solo eran intercambios breves: el saludo, el precio, algún comentario sobre el clima o lo ricas que estaban las gorditas. Javier iba casi todos los días, siempre a la misma hora, cuando el puesto estaba más tranquilo. Poco a poco, las charlas se hicieron más largas. Él le contó que trabajaba en una oficina cercana, que llevaba diez años casado y que la rutina de su vida se sentía cada vez más pesada. Yo le hablaba de sus clases, de sus sueños y de lo mucho que le costaba equilibrar el estudio y el trabajo. Un día, Javier se quedó después de pagar. Dudó un momento y le dijo: “Me gustaría seguir hablando contigo, pero aquí siempre hay gente… ¿podemos vernos en otro lado?”. Leticia sintió un nudo en el estómago. Sabía que él tenía familia, que eso estaba mal, pero también sentía una conexión que no había sentido con nadie de su edad. Aceptó. Además era excitante, por lo prohibido de la relación le di mi número de celular y lo agregó al WhatsApp. Empezamos a vernos a escondidas: en parques poco ...
... transitados, en cafés alejados del centro, o incluso en el mismo puesto, pero solo cuando no había nadie más y el dueño del local ya se había ido. Lo que empezó como charlas se convirtió en algo más: nos tomábamos de la mano, nos abrazábamos, compartíamos confidencias que no le decían a nadie. Sabía que era un secreto peligroso, pero me sentía escuchada y valorada. Además, de la adrenalina, ya pensaba en darle las nalgas a Javier, Javier, encontraba en mi la frescura y la ilusión que creía haber perdido hace años. Pero los secretos, por más cuidadosos que sean, dejan huellas. La esposa de Javier, Isabel, empezó a notar cambios sutiles. Una mujer no es tonta, cuando estábamos juntos recibía llamadas más frecuentes de ella. Era obvio. Él llegaba más tarde a casa sin una explicación mi clara, pasaba mucho tiempo mirando el celular y había pedido días económicos, para verme a mi, estar juntos. Me mandó un mensaje. El mensaje pedía vernos a solas. Era obvio que quería coger conmigo. Lo planeamos ese día faltaría a clases y el no iría a su trabajo. Es más pasó por mi en su moto de salto. La adrenalina estaba a 100 pero mi excitación estaba al 200 por ciento, nos saltábamos los topes en la moto no se sentía, le pedía que no acelerada más, pero acelera más. Llegamos a su casa, ahí compartía cama con su esposa. Era excitante. Prohibido. La adrenalina del trayecto en moto y la cama “prohibida” me excita demasiado. Solo las mujeres entenderán. En conclusión terminamos ...