1. Una tarde inesperada


    Fecha: 09/04/2020, Categorías: Sexo con Maduras Autor: donosti69, Fuente: CuentoRelatos

    Trabajo desde hace dos años en una cafetería de mi barrio, en la que los clientes normalmente son gente conocida.
    
    Una de las clientes habituales es Diana, una señora de 48 años, divorciada, de media melena de 1,75 cm de altura, pechos abultados y caderas anchas. Viste apretada y en verano luce escote y piernas.
    
    Este pasado Julio, vino una tarde noche al bar, normalmente suele ser clienta por las mañanas, y pidió un gin tonic. Me sorprendió porque suele tomar café.
    
    Vestía una camiseta de tirantes marrón y una minifalda roja. Llevaba unas sandalias con bastante tacón.
    
    Se sentó al final de la barra y empezó a tomar su copa con la mirada perdida, sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor.
    
    Terminó su copa bastante rápido, cinco minutos calculo yo. Me pidió otra.
    
    Se la serví y enseguida la cogió y pegó un sorbo largo.
    
    Con la confianza del día a día como cliente, me atreví a preguntarle si estaba bien.
    
    Contestó airada
    
    —¿Me ves mal?, ¿no puedo tomarme una copa de vez en cuando?
    
    Yo le pedí excusas y le dije que la veía bien pero que la notaba pensativa.
    
    Me fui hacia el otro lado de la barra y oí que alguien me llamaba.
    
    —Carlos, ven un momento – me llamó Diana.
    
    —Dígame, contesté serio.
    
    —Perdona por haberme puesto así, y gracias por preocuparte, contestó sonriendo.
    
    Amablemente le dije que no se preocupase, que quizás yo no debería haber preguntado, pero que solo lo hice por la confianza que teníamos.
    
    Yo seguí con mi ...
    ... trabajo, y en una de las veces que me acerqué al final de la barra observe que su copa ya estaba vacía. Hice como si no me diera cuenta y me dirigí hacia las mesas para recoger algunos vasos.
    
    Entonces ella se dirigió muy simpática, pidiéndome otra copa cuando terminase lo que estaba haciendo.
    
    Recogí la vajilla y me dispuse a servirle.
    
    —¿A qué hora cerráis?, me preguntó
    
    —Normalmente a las diez, contesté.
    
    —Vale, entonces me la tomo tranquila, contestó guiñándome un ojo.
    
    Miré el reloj y vi que eran las nueve y media pasadas, le sonreí y le contesté que sí, que además hasta las once por lo menos no me voy, que luego tengo que recoger todo.
    
    A las diez menos diez me pidió la penúltima.
    
    —¿No te importa que me tome otra? Preguntó.
    
    —Tranquila.
    
    —Como cierras a las diez igual quieres ir recogiendo ya, y solo quedamos cuatro gatos, contestó sonriendo y con pinta de que el alcohol ya estaba haciendo efectos claros en ella.
    
    Le contesté que no pasaba nada, que podía ir recogiendo mientras tanto.
    
    Seguí con mi trabajo, recogiendo, limpiando y acabando de cobrar a los que quedaban, hasta que solo quedó ella.
    
    Eran las diez y cuarto pasadas, pero no le dije nada.
    
    Me pidió la llave para ir al baño. Se metió pero no cerró la puerta del todo.
    
    La curiosidad, el morbo, o lo extraño de su acto me dio por mirar, y acerté a verle como se subía la minifalda y asomaba un culo que como sospechaba, era monumental.
    
    Miré para otro lado y seguí con el cierre de la ...
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