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El tercer encuentro: Juan y Gabriel (3)
Fecha: 13/10/2021, Categorías: Gays Autor: Gabriel Vera, Fuente: CuentoRelatos
Por fin habíamos conseguido otro momento para vernos, aunque la verdad es que, por lo menos yo, habría estado contento incluso con los ojos cerrados. Esta vez, me parece, fue algo diferente. Yo le había dicho cosas sensibles, y parece que eso me influía. Nos besamos mucho tiempo. Las bocas ya se conocían, y se buscaban sin que las manos tuvieran que andar preocupadas de nada más que de sus dedos y la piel que tocaban. Me gusta mucho besarle, porque me hundo en él, ahí sí que cierro los ojos y me dejo llevar y siento solamente ser una lengua sola que solo sabe ir a él y por él. Le pedí que se estuviera quieto. Nos estábamos besando la boca, y luego yo fui lamiendo las comisuras, besé su nariz, los ojos, como la primera vez, y luego emprendí el camino largo. Con los ojos cerrados podía haber recorrido este camino, porque no había más que dejarse llevar. El cuello, donde notaba su pulso, que besaba fuerte, dejando un eco en su sangre. Por la clavícula podía decidir entre dos senderos, los dos iguales en gusto. Fui por el derecho primero, entre el vello de su pecho, hasta el pezón, que separé del vello que le rodeaba y besé primero y luego lamí, mordí levemente, chupé hasta que se fue levantando y notaba que le empezaba a hacer efecto. Sujetaba yo el pecho con la mano e iba lamiendo el pezón; con la otra mano le acariciaba el vientre, sin llegar nunca al pene. Metí el dedo en el ombligo, acariciaba de arriba abajo, y así llegué al pezón izquierdo. Sujetando ese pecho ...
... dejé el otro para viajar al pezón izquierdo, donde repetí los mordiscos, los lametones, los besos. De vez en cuando subía a su boca y estaba mucho o poco, según me daba a entender mi propia respiración. Me paraba y, como el pezón estaba húmedo, soplaba flojito para que le llegara el frío. Se estremecía. Un ratito estuve masajeándole los pectorales, los pechos, subiendo y bajando, con los pulgares en sus pezones; esta vez con los ojos abiertos, porque le miraba fijamente, con una sonrisa, interrumpida por los besos, y acompañada por los movimientos con que nuestras caderas se encontraban y los penes se acariciaban. Así, sentado sobre él, estuve un buen rato, usando aceite como podía, resbalándome y usando lo que sobraba para donde más falta iba haciendo. Lo llevaba con la boca al cuello, a las orejas, a los labios suyos y míos, que parecían querer ser una sola cosa. Entonces le dije: -Date la vuelta. Me obedeció, y comencé a aplicarle el aceite desde las piernas hacia arriba. Los gemelos, los pies, entre cuyos dedos bailaban los de mis manos, aceitando todo lo que podía. Fui subiendo por los muslos, y según subía lo colocaba mejor, es decir, busqué sus testículos y pene y los coloqué para que fuera más cómodo. Sobresalían debajo de las nalgas, brillaban con el aceite que le iba aplicando. De sus muslos a las nalgas, sin olvidar la línea divisoria, donde jugué con los dedos y los labios, apretando no demasiado sino para hacer notar que no me olvidaba de aquella ...