1. El morbo con mi hijo


    Fecha: 20/12/2023, Categorías: Incesto Autor: XOCHI, Fuente: CuentoRelatos

    No hay morbo más grande que tener por amante a un hijo y aunque parezca demasiado grotesco, también así, la lascivia pornográfica que provoca, en mi caso, es el sumun máximo del placer; creo que el incesto alcanza la lujuria, no solo por el pecado que encierra en el deseo, sino inclusive por el morbo que incita el poder ser descubiertos.
    
    Arrodillarme frente al “bóxer” de mi hijo y desafiando sus ojos con mis ojos, acaricio sobre esa tela su glande con mis labios pintados, dejándole rastros de ese pecado en la erección que le provoco. ¡Me encanta! y aunque algún que otro amante satisface mis deseos, mi hijo es todo el sexo, la fantasía que necesito y que se revela entre gemidos.
    
    Aquellos días en un crucero que hacíamos desde Buenos Aires hasta el norte de Brasil, tuvimos una parada en Río de Janeiro, —siempre Río—, lugar de mis pecados y el inicio del incesto con Richard, mi hijo. Habíamos bajado en unas excursiones con él y mi esposo; pero de regreso mi marido se quedó dormido en nuestro camarote, yo aproveché para darme un buen baño de inmersión con sales y flores que me habían dejado en la suitte; Richard en el camarote contiguo se estaba duchando también, pero al separarnos en el corredor, lo provoqué rozando con mi mano su bulto prominente; le dije que me esperara esa noche; no sé cuántas veces me masturbe en esa tina mientras fantaseaba con el derrame de su semen sobre mis labios. Fui al “spa” del crucero, me hice depilar completamente, solo dejando una fina ...
    ... tira de bellos sobre mi pubis que baja hacia mi clítoris y con un buen sauna y masaje, sabía que sería una noche interminable de salvaje sexo… ¡Estaba lista para mi hijo!
    
    La cena se sucedió como esas noches sobre la última cubierta, mesa reservada para los que tenemos ciertos privilegios de un crucero conocido, me había dejado el camisolín (aunque parecía una blusa de seda) pero no llevaba soutien por lo cual mis pezones eran un bajo relieve en esas sedas, jean ajustados pero cortos en los tobillos y una pulsera en el izquierdo, como aquellas egipcias que delataban su erotismo en el antiguo Egipto, —bien transgresora y algo más, un tanto prostituta—. Mi marido “cornudo como de costumbre” solo me dio una palmada sobre mis nalgas que nada me provocara, pero el roce de mi hijo al acomodarnos en esa mesa me hizo cerrar los ojos y dejar que los sentidos fueran un escalofrío sobre mi piel. Sentado delante de mí, entre otros comensales, yo descalzaba uno de mis pies llevándolo a su entrepierna, el que él sujetaba dejándome sentir la erección que me volvía más loca; era evidente mi calentura, tanto que, una mujer sentada a mi lado me dejo saber que se había dado cuenta y la muy atrevida bajo el mantel acarició mi pierna con sus uñas, mirándome también me sonrió; demasiado caliente para un solo instante cuando me preguntó al oído: —¿lo compartís?... le respondí que sí, pero no esta noche, quizá mañana. Grace (esta mujer) rozó y volvió a acariciar mi pierna, pero esta vez, hasta mi ...
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