1. Memorias de África (VII)


    Fecha: 19/01/2024, Categorías: Grandes Relatos, Autor: Carmen Van Der Does, Fuente: CuentoRelatos

    A raíz de aquella mañana, cuando azoté a Aifon y Samsung me folló como un semental, mi vida en el poblado cambió. Por lo pronto, preferí estar desnuda, ni siquiera con taparrabos. Me movía con total soltura por el poblado, incluso me atrevía a hacer pequeñas incursiones por el bosque acompañando a las mujeres a buscar comida. Tenía una extraña sensación de libertad. Respetaban mi intimidad y sólo entraban en la cabaña para lavarme todas las mañanas y llevarme la comida. Algunas veces venía sola Aifon a traerme la comida o a lavarme y después las dos follábamos o simplemente nos acostábamos juntas en el camastro. Tenía derecho a mi lavativa después de cada orgía. Incluso una tarde Aifon y yo disfrutamos del cuerpo de Lila haciendo un fantástico trío. Cuando paseaba por la aldea no me sentía una extraña, incluso en una ocasión una de las mujeres me regaló un taparrabo de cuero, desconozco el animal que usaron, pero lo acepté más que nada por el gesto. Era diferente al taparrabo normal de del resto de las mujeres. Era más parecido a la faldita que usamos para jugar al pádel o al tenis, pero de cuero basto y acartonado.
    
    A veces me sentaba con las mujeres a machacar lo que me parecían cereales en un mortero de madera, a raspar con la concha de un marisco algo parecido a una patata, o a cepillar el pelo del resto de chicas con una especie de espinas de pescado... bueno, cepillar o algo parecido. Me gustaba ir con ellas a coger agua a un arroyo que estaba cerca del poblado con ...
    ... unas pequeñas cascadas que habían formado una especie de piscinas. Allí vi por fin de dónde sacaban el musgo que usaban a modo de esponjas. Usaban unos troncos huecos como si fueran cubos y cuando los llevaba aprovechaba para hacer algo de ejercicio. El llevar una vida más o menos activa me ayudó a conservar la forma física. La comida sin ser nada del otro mundo ni estar cocinada a nuestra manera, al menos era sana. Fruta, carne, algo de pescado y por supuesto algunos “manjares” que ni aun estando muerta de hambre me atreví a probar, como larvas o insectos que no había visto jamás. Las mujeres tenían su propio “centro social”. Era una cabaña tres o cuatro veces más grande que el resto, pero además en el río lo pasaban bien. Allí se desnudaban, jugaban, se estudiaban unas a otras y sin saber de qué hablaban, yo me las imaginaba hablando de lo que habían hecho con alguno de los hombres la noche anterior, o discutiendo sobre quién tenía los mejores y más bonitos pechos. Yo hacía lo mismo y me quitaba el taparrabo y me bañaba con ellas o simplemente me las quedaba mirando o pensando qué estarían haciendo en aquél momento mis amigos o mi familia. Algunas veces cuando las mujeres se iban y me apetecía follar, me iba sin vergüenza ninguna a la cabaña de Samsung. Él vivía en una choza parecida a la mía, pero algo separada del resto como ya dije. No era el único de los hombres, pero si me di cuenta que la mayoría de la gente no pasaba muy a menudo cerca de su choza. Hubiera gente cerca ...
«123»