1. Mis anécdotas en público 🥵


    Fecha: 28/10/2025, Categorías: Confesiones Autor: cristinar, Fuente: RelatosEróticos

    si les cuento esto es porque ya tengo 35 años y me vale un carajo lo que piensen, pero esta adicción que tengo por que me miren empezó desde que estaba en el liceo. Tendría ya estaba casi en edad legal de ser cogida, recién estrenando esas caderas que de repente se me habían puesto curves y un culo que ya no pasaba desapercibido ni entre las monjas. El uniforme era una maldita tentación: falda plisada que me llegaba tres dedos arriba de la rodilla (pero que si me agachaba «accidentalmente», ¡pum! show gratuito).
    
    Recuerdo claramente esa tarde calurosa en Caracas, caminando por esa callejuela detrás del colegio donde siempre se paraban los muchachos mayores a fumar. Yo, la muy hijueputa, en vez de tomar la ruta normal, me iba por ahí deliberadamente, balanceando las caderas como si llevara un metrónomo en las nalgas. La falda, que mamá planchaba con tanto esmero, yo me la subía discretamente con la yema de los dedos hasta que el dobladillo quedaba a nivel de mis nalgas. No enseñaba todo, no soy tan zorra… pero dejaba suficiente para que la imaginación volara.
    
    «¡Eh, nena! ¿Cuánto cobras por ese culito?», me gritó un tipo desde una camioneta una vez, y aunque me temblaron las piernas, sentí un calambre en la pepita que casi me hace caer. Otra vez, un viejo verde que vendía empanadas me palpó las nalgas cuando pasé cerca de su puesto «por error». El susto me duró tres segundos, luego el calor en la entrepierna me duró tres horas.
    
    Pero el verdadero vicio empezó con el ...
    ... Omegle. ¡Dios mío, el Omegle! Esa página era mi paraíso secreto. Esperaba que mamá se durmiera, cerraba la puerta de mi cuarto con llave y me conectaba con esos extraños que me pedían mostrarles «algo lindo». Al principio era solo enseñar las tetas (que ya para los 16 eran un par de mangos maduros que no pasaban desapercibidas). Pero pronto la cosa escaló.
    
    Recuerdo a un tipo de España que me hizo hablarle mientras me tocaba. «Descríbeme lo mojada que estás, princesa», me decía con ese acento que me volvía loca, y yo ahí, con los dedos encharcados, diciéndole cómo mi pepita palpitaba. Otro me hizo ponerme el cepillo del pelo en el clítoris hasta venirme, y el muy hijueputa grabó todo (espero que todavía lo disfrute por ahí, jajaja).
    
    La adrenalina de saber que un desconocido en Dios sabe qué país se estaba corriendo viéndome era más adictiva que la arepa con queso. A veces eran mujeres, que me pedían que les mostrara cómo me gustaba que me lamieran. ¡Y yo ahí, toda una profesional explicando que para arriba, no para abajo, que el clítoris no es un botón de elevator!
    
    Ahora de adulta, he tenido que calmarme un poco. Ya no me expongo así en público (bueno, casi nunca). Pero el morbo sigue ahí, latente como un animal dormido.
    
    Como esa vez en el metro de Madrid, que un hombre elegantísimo de traje no me quitaba los ojos de encima. Yo con ese vestido ajustado que parece pintado sobre mi cuerpo, sintiendo cómo su mirada me recorría como manos invisibles. Cuando el tren frenó ...
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