1. Mis anécdotas en público 🥵


    Fecha: 28/10/2025, Categorías: Confesiones Autor: cristinar, Fuente: RelatosEróticos

    ... bruscamente, «accidentalmente» se me cayó el bolso y al agacharme para recogerlo, el escote se abrió lo justo para que viera estas tetas que tanto esfuerzo me cuesta mantener firmes. Su respiración se cortó, y yo, la muy cabrona, me sonreí mientras arreglaba mi sostén con dedos lentos.
    
    O con mi profesor de yoga, ese gallego con ojos de cielo que siempre me corrige las posturas con manos que parecen de terciopelo. La semana pasada, en la clase de «perro boca abajo», se le quedó mirando mi cola al aire (y yo sin braga porque el tanga se me mete en el rabito). Sus dedos temblaron cuando me ajustó las caderas, y juré que su polla se endureció contra mi muslo. «Cristina, concéntrate en la respiración», me dijo con voz ronca, pero ambos sabíamos que la que no podía respirar era yo, con la pepita empapada y ese hijueputa calor que me subía por la espalda.
    
    Lo mío ya es enfermedad, lo sé. Mi psicóloga dice que busco validación masculina por temas de papá (blablablá), pero yo sé que simplemente me excita ser el juguete visual de alguien. Que me digan «esa mujer está buena» en la calle, que un cliente en la estética me mire el escote cuando le aplico la mascarilla, que el repartidor de Amazon se quede mudo cuando abro la puerta en shorts pequeños… Esa mirada de «te daría hasta que se te olvide tu nombre» es mi droga favorita.
    
    Y aunque ahora solo me limito a subir fotos sugerentes en Instagram (ese ángulo que ...
    ... muestra solo las nalgas contra el espejo, el escote que promete pero no muestra todo), o mandar audios jadeantes a algún match de Tinder que pide «pruebas reales», la esencia es la misma: necesito que me deseen, que me imaginen desnuda, que se masturben pensando en cómo debe ser montarme.
    
    El colmo fue hace dos semanas, cuando en la boda de mi prima, el novio (¡el propio novio, marica!) no me quitaba los ojos de encima durante todo el vals. Yo con ese vestido verde esmeralda que se me pegaba como segunda piel, bailando lentamente con el padrino, sintiendo cómo las miradas me quemaban la espalda. Cuando pasé cerca de la mesa nupcial, deliberatemente dejé que mi mano rozara su entrepierna… y ¡bingo! estaba duro como mármol. Su mujer, la muy inocente, brindando por el amor eterno mientras su recién estrenado marido tenía la polla tiesa por otra.
    
    ¿Me arrepiento? Para nada. Esta pepita fue hecha para ser admirada, aunque sea por segundos robados. Y mientras algún hombre en algún lugar del mundo se esté corriendo viendo mis fotos o recordando cómo se me marca el pezón bajo la blusa, mi misión en esta vida está cumplida.
    
    Así que sí, quizás sea una exhibicionista, una calienta-pitos profesional, la pesadilla de las esposas celosas… pero coño, ¡al menos lo hago con estilo y orgullo venezolano! Ahora si me disculpan, tengo que contestarle los mensajes a un ingeniero de Bilbao que promete ser mi próxima dosis de morbo… 
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