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El mecánico del coche me cobró de más
Fecha: 10/01/2026, Categorías: Gays Autor: Rafi, Fuente: TodoRelatos
Son las ocho de la tarde, y la ciudad está sumida en un silencio pesado, con el cielo ya oscuro y las luces de las calles apenas empezando a encenderse. Llevo toda la semana con el coche dando problemas, y hoy, al revisar la factura que me mandaron desde el taller, me he dado cuenta de que hay un error gordo: me han cobrado piezas que no me cambiaron. Decido ir antes de que cierren, pero el nudo en el estómago me pesa más que el papel arrugado que llevo en la mano. Ya he tratado con el mecánico de ese taller antes, un tipo de unos cincuenta años, bastante borde, que siempre parece estar a punto de discutir por cualquier cosa. Sé que a estas horas solo estará él, y la idea de enfrentarme a su mal genio me tiene tenso mientras camino bajo el aire frío de la noche. Llego al taller, y el lugar está casi desierto, con las luces parpadeando y un olor a gasolina que se mezcla con el metal frío. Entro con paso inseguro, y ahí está, terminando de limpiar una llave con un trapo sucio. Es un tío de unos cincuenta años, con un cuerpo bastante grande pero increíblemente bien conservado, como si hubiera hecho ejercicio toda su vida. Sus brazos son anchos, llenos de músculos marcados por años de curro, y sus manos callosas, negras de grasa, manejan la herramienta con seguridad. Lleva un mono de trabajo entero, azul oscuro y desgastado, que abraza su figura robusta. Me ve y suelta un gruñido rudo: “Joder, chaval, a estas horas casi me piro, pero pasa, que miro lo de la factura.” Su voz ...
... es grave, con un toque chulesco, y me hace un gesto con la cabeza pa’ que me acerque. Dejo el papel sobre el mostrador, lleno de manchas y herramientas desordenadas, con una lata de cerveza a medio tomar al lado. Él la empuja a un rincón y coge la factura con dedos gruesos. “A ver qué mierda es esta,” murmura, inclinándose un poco. Noto cómo el mono se tensa sobre su pecho ancho, y digo, nervioso: “Creo que me habéis cobrado de más, no me cambiaron esas piezas.” Él frunce el ceño y suelta: “Joder, chaval, siempre lo mismo con los papeles. Ven conmigo, que lo miro en el ordenador del fondo, a ver si lo arreglo.” Me hace un gesto, y lo sigo entre piezas esparcidas y el zumbido de una lámpara que parpadea. “Cierra la puerta, que no entre más gente y me rayen,” añade, con un tono que no admite réplica. El chirrido metálico resuena mientras bajo la persiana, y de pronto estamos solos, el silencio roto solo por el eco lejano de una radio mal sintonizada. Llegamos a un rincón trasero, donde un ordenador viejo está rodeado de cajas y grasa acumulada. Él se sienta en una silla metálica, tecleando con dedos torpes, y yo me quedo de pie, observando. El mono se le ajusta al cuerpo, y mis ojos se deslizan sin querer hacia su entrepierna, donde se marca un bulto notable. Levanta la vista y me pilla mirándole, y una sonrisa chulesca se le dibuja en la cara, con un brillo astuto en los ojos. “Te gusta el taller, ¿eh, chaval?” dice, estirándose un poco pa’ que se le marque más el pecho. ...