1. Placer en la enfermeria


    Fecha: 11/01/2026, Categorías: Dominación / BDSM Infidelidad Sexo con Maduras Autor: Johan19, Fuente: SexoSinTabues30

    Bueno, niños, ya es recreo vamos al patio – dije sonriendo a los niños que me miraban con ojos brillantes, ansiosos por dejar atrás la monotonía de las clases. Los acompañé con la sensación de que, por un rato, podía desconectar de mi vida y ser una simple maestra que se preocupa por sus estudiantes. El sol brillaba en la mañana y el olor a café recién preparado se colaba por la ventana de la sala, haciéndome recordar mi propia infancia en este colegio.
    
    Mi atención se centraba en el alegre alboroto de la cancha de futbol, observando a los chicos corriendo y riendo. De repente, oí un grito y vi a Pablo tropezar, cayendo de bruces en la hierba. Corrí a su lado, mi corazón acelerando al ver el raspón en su piel morena.
    
    ¿Te lastimaste, cariño? – le pregunté, preocupada.
    
    Pablo me miró con ojos llenos de lágrimas, asintiendo con la barbilla temblorosa.
    
    – Sí, ma’ Ingry. Tiene un raspón – balbuceó, con la cara enrojecida del esfuerzo por contener las emociones.
    
    Lo tomé suavemente de la mano, notando su dulce calor, y lo acompañé a la diminuta y desierta sala de la enfermería. La puerta se cerró suavemente detrás de nosotros, sellando la intimidad del cuartillo. El silencio se apoderó del ambiente, roto solamente por las risas lejanas de los demás niños que continuaban con sus juegos.
    
    – Tranquilo, Pablo, no será nada – le dije, intentando calmarlo con mi tono suave. Su pantalón corto se alzaba un poquito, mostrando unas piernas flacas y suaves que me hicieron ...
    ... recordar mi propia infancia, sin preocupaciones y llena de inocencia.
    
    Con cuidado, le ayudé a sentarse en la cama de la sala de la enfermería. Sus ojos se fijaron en mi cara, confiando en que yo lo haría sentir mejor. El raspón era real, un desgarro superficial en la piel que se enrojecía a cada minuto.
    
    – Tranquilo, Pablo, la doctora no anda por aquí, tendré que cuidarlo yo – dije con una sonrisa cariñosa, notando su respiración acelerada y su mirada que se bajaba a mi escote.
    
    – Mi mami… mi mami me besa las heridas para que no duelan – balbuceó, con la inocente sinceridad de la niñez.
    
    Mi sonrisa se ensanchó, recordando esos momentos de ternura con mi propia madre. Con delicadeza, tomé la botellita de alcohol y el paño que la acompañaba.
    
    – Pues, si a ti te gustan los besos de mami, te daré un beso para que la herida se te pase – le dije, bajando suavemente su pantalón para que el raspón estuviera expuesto. Sus ojos se abrieron un poquito más al sentir la brisa fresca que acariciaba su piel.
    
    Con cuidado, acerqué mi boca a su raspón, apretando los labios. El contacto fue suave y reconfortante, su piel cobrando vida debajo de mi aliento. Al sentir mi calor, Pablo se tensó un instante, y su pene, que ya se empezaba a endurecer, se pegó a su interior.
    
    – Ahora ya no duele, ¿verdad? – le susurré, mi aliento acariciando su piel.
    
    Pablo asintió, aferrando la tela de la cama con sus dedos, la emoción pintada en cada uno de sus gestos. Mientras yo, con la excusa del ...
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