1. Servicio completo


    Fecha: 27/01/2026, Categorías: Fetichismo Autor: Voluptas, Fuente: TodoRelatos

    La había esperado con una mezcla de ansiedad y vergüenza. El tipo de espera que uno disimula limpiando la casa antes de que llegue alguien que va a ensuciarla a propósito.
    
    El departamento estaba en penumbra. Solo una lámpara de pie encendida en el rincón, lanzando una luz amarilla y sucia sobre el cuero agrietado del sofá. Afuera, la ciudad respiraba humedad y bocinas lejanas. Adentro, Eduardo se había duchado con jabón neutro y se había afeitado dos veces. No por coquetería. Por penitencia.
    
    El timbre sonó.
    
    No era tarde. Pero tampoco temprano como para fingir que lo suyo era una cita. Se puso la camisa con manos torpes, sin abotonarla del todo, y fue a abrir.
    
    Ahí estaba ella.
    
    Gafas redondas, boina gris, un abrigo pesado que le llegaba hasta las pantorrillas. Pómulos ligeramente enrojecidos por el frío. La mirada baja, algo torpe, como si no estuviera segura de estar en el lugar correcto.
    
    —¿Eduardo...? —dijo, dudando.
    
    Él asintió, tragando saliva.
    
    —Vengo del servicio de asistentes domésticas. Me dieron esta dirección.
    
    La voz era suave. Neutral. Como si hablara desde el otro lado de una línea de atención. Eduardo dudó un instante. Abrió apenas la boca, pero no llegó a decir nada. ¿Una prueba? ¿Un error? ¿Un malentendido de la agencia?
    
    —Yo... creí que...
    
    No terminó la frase.
    
    Ella, en cambio, sí. Sin decir una palabra más, dejó caer el abrigo con ambas manos.
    
    Y entonces lo vio.
    
    El uniforme.
    
    No uno discreto. Ni funcional.
    
    Una farsa ...
    ... de tela negra tan ceñida que parecía pintada sobre la piel. El delantal era una caricatura de decencia: una franja blanca con encaje que apenas rozaba el hueso púbico, dejando expuesta la curva suave y rasurada que nacía bajo el ombligo. La parte superior se ceñía sobre sus pechos desnudos —ni sujetador ni vergüenza—, y los pezones, oscuros y duros, sobresalían bajo la tela fina como dos uvas maduras.
    
    Llevaba medias de red. Apretadas, gruesas, de las que marcan la carne al punto de hacerla suplicar. Las ligas colgaban como lenguas de fuego desde las caderas hasta las medias, vibrando con cada respiración. La tanga, si podía llamarse así, era una tira mínima de encaje blanco, empapada justo en el centro, como si alguien ya la hubiera lamido.
    
    En los pies, unos tacones negros de cuero barato, de esos que hacen ruido de porno viejo al caminar. Y en la cabeza, la cofia. Esa cofia estúpida y gloriosa, símbolo de sumisión caricaturesca. Una pieza absurda, irónica. El broche de oro de una humillación pactada.
    
    Eduardo sintió cómo se le contraía el estómago. No por deseo todavía. Por algo más hondo: la caída brutal del velo. El asco de saberse exactamente el tipo de hombre que alguna vez juró no ser. Uno que pagaba —dinero real, en sobres sin remitente— para revivir una fantasía de poder sucio. Una donde la mujer obedece. Una donde finge no entender, mientras lo lleva justo hasta donde él no se atreve a ir solo.
    
    —¿Dónde están los productos de limpieza, señor? —preguntó ella, ...
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