-
Servicio completo
Fecha: 27/01/2026, Categorías: Fetichismo Autor: Voluptas, Fuente: TodoRelatos
... bajando la mirada. Pero en sus labios brillaba una sombra de risa. Y él, sin saber si quería escapar o arrodillarse, la dejó entrar. —¿Desea que empiece por el baño o la cocina? —preguntó ella, sin sonreír. La voz era suave, obediente. Pero no vacía. Había algo en su tono —una burla sutil, un filo— que lo hizo temblar por dentro. No era una actriz. Tampoco una profesional de las que improvisan guiones. Era algo más raro: alguien que entendía el juego mejor que él. —Donde tú quieras —murmuró él, retrocediendo un paso. Ella entró como si la casa fuera suya. Cerró la puerta sin mirar atrás. El sonido del pestillo le pareció más íntimo que una confesión. Fue directo a la cocina. Sabía qué hacer. Se arrodilló frente al horno con un trapo en la mano. La falda del uniforme se levantó con el movimiento, revelando las nalgas apretadas y ese hilo blanco. La tela se perdía entre las dos mitades con la naturalidad de algo que había sido puesto para eso: para ser visto, para ser deseado, para que él imaginara cómo sería hundir la cara ahí. Eduardo no se movió. Se quedó apoyado en el marco de la puerta, respirando por la boca. La erección le golpeaba el cierre del pantalón con esa urgencia que no se atreve a nombrarse. Ella se inclinó más, sin apuro, frotando el trapo sobre la puerta del horno como si limpiara un altar. —Todo está muy sucio aquí —dijo, con el mismo tono tranquilo—. Parece que nadie limpia. Eduardo tragó saliva con torpeza. El nudo en su ...
... garganta no era hambre ni sed: era el vértigo de estar al borde de algo irreversible. No sabía si hablar, si moverse. No sabía si tenía permiso para tocarla Pero esa postura… Esa sumisión fingida con precisión quirúrgica… Le quemaban los bordes del alma. —¿Quieres que… te ayude? —murmuró, y la voz le salió tan grave que parecía de otro hombre, uno más viejo, más sucio. Ella se giró, solo un poco, apenas lo suficiente para que su mirada asomara por encima del hombro. El mechón de pelo rebelde le caía por la sien como una trampa suave. La cofia seguía intacta, preciosa. —¿Ayudarme? —repitió, con una sonrisa lenta—. ¿Quiere usted ensuciarse las manos? No esperó respuesta. Apoyó una rodilla sobre el suelo y alargó el brazo hacia el cubo. Su falda se alzó aún más, dejando al descubierto la línea húmeda que marcaba la tela blanca de su tanga, hundida entre las nalgas como si suplicara ser retirada con los dientes. Eduardo se quedó quieto. No se atrevía a parpadear. Ella tomó el trapo, lo exprimió con fuerza. El agua sucia goteó por su muñeca, bajó por el antebrazo, se deslizó hacia la axila, marcándole la piel. Luego se incorporó con movimientos deliberadamente lentos, y al pasar junto a él —como si fuera parte del mobiliario—, lo rozó. Primero el hombro. Después, la cadera. Luego, su mano, húmeda aún, se posó un segundo sobre su abdomen, como si buscara equilibrio. —Perdón, señor… —susurró, casi al oído—. A veces me olvido que los amos no se tocan. No ...