1. Pequeño detalle final….


    Fecha: 27/01/2026, Categorías: Dominación / BDSM Transexuales Voyerismo Autor: danielasolatrans, Fuente: SexoSinTabues30

    Terminamos en unos arbustos cerca de una autopista, donde me dio duro contra un árbol, su verga de 8 cm, peluda y venosa, follándome como si fuera enorme. Me llenó el culo de leche mientras yo gritaba como zorrita, mi semen salpicando mi top. Descansamos hablando cosas calientes, y las ganas nos ganaron otra vez. En la segunda ronda, Marco me estaba rompiendo en cuatro cuando tres chicos del barrio nos pillaron. Marco, avergonzado por su micropene, salió corriendo, pero yo, cachonda y sin pudor, dejé que los tres me cogieran. El tatuado, el moreno y el de la gorra me dieron duro, turnándose en mi culo y mi boca, llenándome de leche hasta dejarme tirada en la tierra, mi falda arrugada, la tanguita rota y mi culito goteando semen.
    
    Los chicos se fueron riéndose, y yo me quedé ahí, entre los arbustos, jadeando, con el cuerpo temblando de tanto placer. Intenté ponerme de pie, pero mis piernas eran gelatina, y la falda apenas cubría mi culo lleno de leche. Estaba recogiendo mi tanguita rota cuando escuché pasos pesados y un carraspeo. Levanté la vista, y mi corazón se detuvo: dos policías estaban frente a mí, uniformados, con botas negras brillantes y caras serias. Uno era alto, de unos 40 años, con bigote espeso y ojos duros; el otro, más joven, unos 30, musculoso, con barba rala y una mirada que me atravesó. «Vaya show que diste, putita», dijo el mayor, cruzándose de brazos, mientras el otro sacaba su celular y me mostraba un video.
    
    Ahí estaba yo, en primer plano, ...
    ... gritando como zorra mientras los tres chicos me follaban. Mi cara de nena puta, con el gloss corrido y los ojos vidriosos, se veía clarísima. «Esto se ve mal, ¿sabes?», dijo el joven, riéndose. «Hicimos una grabación completa desde esos árboles». Me puse pálido, el sudor frío corriéndome por la espalda. Fuera de la cama, soy un caballero, alguien que cuida su reputación. Si ese video salía, mi vida se arruinaba. «Por favor, no… no lo publiquen», supliqué, mi voz temblando, todavía de rodillas en la tierra.
    
    El mayor se acercó, su bota crujiendo las hojas, y me miró de arriba abajo. «Podemos arreglarlo, zorrita, pero vas a hacer lo que te digamos». El joven agregó: «Nos gustó lo que vimos, y queremos nuestra parte». Del susto, no pude ni pensar. Asentí, pálido, y ellos me ordenaron: «Levántate y síguenos». Me puse de pie como pude, la falda pegada a mis muslos, el culo goteando leche, y caminé detrás de ellos, mi tanguita rota en la mano. Me llevaron a una patrulla estacionada cerca, y manejaron en silencio hasta una casa vieja en las afueras, un matadero abandonado con paredes descascaradas, olor a humedad y tablas rotas en el suelo.
    
    Adentro, el ambiente era oscuro, con un colchón mugriento en una esquina y una bombilla colgando del techo. «Aquí nadie te va a escuchar, putita», dijo el mayor, quitándose el cinturón con un ruido seco. El joven cerró la puerta, y los dos se pararon frente a mí, sus uniformes apretándoles los cuerpos. «Quítate eso», ordenó el joven, señalando mi ...
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