1. Pueblito mágico 2


    Fecha: 30/01/2026, Categorías: Fetichismo Transexuales Voyerismo Autor: danielasolatrans, Fuente: SexoSinTabues30

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    Pueblito mágico
    
    Después de la cogida con el curita, salí de la iglesia con el culo abierto, la leche de su verga de 20 cm goteándome por las piernas. Mi tanguita negra estaba empapada, y el plug que me había puesto antes apenas contenía el desastre. Caminaba temblando, mi culito palpitando, cuando una voz grave me llamó: “¿Señorita, cómo está?”. Miré alrededor, pero no vi a nadie. Busqué y busqué, hasta que en un rincón al fondo de la iglesia, entre sombras, encontré a un tipo de unos 30 años, con una pala y una escoba, barriendo. Era flaco, con camisa a cuadros sucia y jeans gastados, el pelo desordenado y una barba de tres días.
    
    Me acerqué, todavía cachonda, y le pregunté: “¿Qué pasa?”. Lo que dijo me dejó boquiabierta: “Se nota que te gusta jugar, señorita. Ojalá me des la oportunidad de conocerte”. Mientras hablaba, se tocaba el paquete, un bulto duro marcándose en sus jeans. Yo, feliz de saber que en este pueblo había vergas para escoger, saqué mi lado zorrita. “Cuando gustes, papi”, le dije con voz melosa, estirándole la mano para despedirme. Él soltó su verga, me dio la mano, y yo, como la putita que soy, me llevé un dedo a la boca y lo chupé despacio, mirándolo a los ojos. “Así quiero que me la chupes, perrita”, susurró, su voz baja y cargada de lujuria. Salí de ahí, más excitada que cuando entré, desesperada por coger con ...
    ... alguien.
    
    Me dirigí a casa para bañarme y jugar con mi dildo, pero en el camino vi un bar pequeño, con un letrero descolorido. Sedienta después de la cogida del cura, decidí entrar a tomar una cerveza. El lugar olía a licor y tabaco, con mesas de madera gastadas y unos pocos hombres, la mayoría mayores, algunos ya medio ebrios aunque apenas empezaba el día. Todos me miraron al entrar, sus ojos clavándose en mi culito bajo los jeans de chico que llevaba. Me acerqué a la barra, y ahí lo vi: un joven de unos 20 años, el único chico joven que había visto en el pueblo. Era un macho viril, alto, con piel morena, brazos fuertes y una camiseta ajustada que marcaba su pecho. Su sonrisa me mojó el culito al instante.
    
    Le pedí una cerveza, y él, atento y educado, me la sirvió. Como no había mucha gente, empezamos a charlar. Me contó que en el pueblo casi todos eran hombres porque las mujeres se iban a trabajar de sirvientas a la ciudad, regresando solo cada 15 días o cada mes, las que tenían suerte. “Por eso ves puro hombre aquí”, dijo, riéndose. Ya con unos tragos, se sinceró: “Los hombres se mueren porque llegue una mujer a saciar su sed de sexo, pero las pocas que hay son ancianas”. Esa confesión me calentó aún más; sabía que tenía vergas de sobra para mi culito zorrita. Con una sonrisa pícara, me despedí, prometiendo volver, y me fui a casa, mi plug rozándome con cada paso.
    
    Al llegar, vi que era la única inquilina esa semana; Don Rubén no estaba, y la casa estaba silenciosa. Perfecto ...
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