1. La Montura 1


    Fecha: 30/01/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Birkin1990, Fuente: TodoRelatos

    La Montura.
    
    Parte 1.
    
    La casa de los Zabaleta era, a simple vista, un hogar común. Una pareja joven, llevando una vida tranquila y tradicional. Elara, con su piel pálida y su cabello negro como la noche, moviéndose con gracia entre las tareas domésticas, y Teo, su esposo, un hombre serio de oficina, de cabello castaño corto y manos firmes.
    
    Pero detrás de la puerta cerrada, cuando el mundo exterior quedaba fuera, las reglas cambiaban.
    
    Elara lo esperaba de rodillas, descalza, con la respiración contenida. Al escuchar la llave girar en la cerradura, un escalofrío le recorría la espina. Él entraba, dejando caer su maletín con un golpe seco, y ella avanzaba hacia él, arrastrándose como una perra sumisa, besando sus zapatos antes de que él le tomara del mentón con rudeza.
    
    —¿Qué eres?— preguntaba él, con voz grave.
    
    —Tu montura— respondía ella, bajando la mirada.
    
    Entonces, él escupía. Un escupitajo húmedo y sonoro que le golpeaba la mejilla, resbalando lentamente hacia su barbilla. Ella no se limpiaba. No se quejaba. Solo temblaba, excitada por la humillación, por el poder que él ejercía sobre ella.
    
    Teo la agarraba del pelo, tirando hacia atrás para exponer su cuello, y la arrastraba hasta el sofá. Allí, la empujaba boca abajo, obligándola a arquearse como una yegua salvaje.
    
    —Así te gusta, ¿verdad?— gruñía mientras le levantaba la falda, descubriendo su piel desnuda y temblorosa.
    
    Ella gemía, sintiendo cómo la dominación de él la encendía por dentro. ...
    ... No era solo sexo. Era posesión. Era la confirmación de su lugar: debajo de él, siempre.
    
    El mundo exterior veía a Elara Zabaleta como una esposa discreta, de modales suaves y sonrisa tímida. Nadie sospechaba lo que ocurría cuando la puerta de su hogar se cerraba y las cortinas se corrían.
    
    Esa noche, como tantas otras, Teo llegó del trabajo con el mismo ritmo pausado, colgando su chaqueta con calma antes de mirarla fijamente. No hizo falta una orden. Ella ya estaba deslizándose de rodillas al suelo, las palmas apoyadas en las baldosas frías, la espalda arqueada en una postura que conocía demasiado bien.
    
    —Bésalos— dijo él, señalando sus zapatos.
    
    Ella obedeció, inclinándose para posar los labios sobre el cuero pulido, inhalando el aroma. Teo no era un hombre violento, pero sí uno que exigía sumisión absoluta en la intimidad, y Elara se derretía por dársela.
    
    Entonces vino el escupitajo. Un gesto brusco, calculado, que le golpeó la mejilla con un sonido húmedo y obsceno. El fluido cálido resbaló por su piel, y ella no hizo nada por evitarlo. Solo parpadeó, conteniendo un gemido.
    
    —¿Te gusta ser mi puta?— preguntó él, desabrochándose el cinturón con movimientos lentos, deliberados.
    
    Ella asintió, sin atreverse a hablar.
    
    Teo no era paciente. La agarró de la nuca y la empujó contra el sofá, subiéndole el vestido sin ceremonia. No hubo preliminares, ni caricias. Solo la toma de posesión, áspera y necesaria.
    
    Ella gritó cuando él entró, pero no de dolor. Era la ...
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