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Los Buenos de Corazón
Fecha: 31/01/2026, Categorías: Incesto Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
Lo señalaban con desprecio, pero él nunca hizo nada por desmentirlos. Era un degenerado, sí, y lo llevaba con la misma indiferencia con la que otros llevan un abrigo viejo. Su presencia era una sombra en los callejones, una risa áspera en las tabernas, un susurro incómodo en los oídos de quienes creían en la decencia. No tenía redención ni la buscaba. Para él, el mundo estaba podrido desde antes de que él llegara, y lo único que hacía era moverse entre la inmundicia con la naturalidad de quien ha aceptado su lugar en el fango. Un día conoció a Abril. Tenía 17 años y entrenaba con disciplina en el gimnasio, el mismo al que él acudía, aunque no precisamente por el cuidado de su salud. Su cuerpo ya era grande y musculoso por naturaleza, pero su presencia allí respondía más a una costumbre arraigada que a una verdadera necesidad. Abril no fue la excepción entre quienes llamaban su atención, aunque había algo en ella que resultaba distinto. No era solo su apariencia, sino la energía con la que se movía, la determinación en su mirada, la forma en que parecía ajena a las miradas de los demás. En un mundo donde todo parecía predecible y sin sorpresas, ella era un enigma que despertó en él una curiosidad inesperada. Desde hace unos años, Abril se la pasaba deprimida. Lloraba sin motivo aparente, aunque en el fondo sabía exactamente qué la atormentaba. Todo comenzó el día en que su hermano mayor, su mejor amigo y cómplice en la infancia, se marchó sin despedirse. Una noche ...
... estaba en casa, y a la mañana siguiente, su cuarto estaba vacío, su cama intacta y su celular apagado. Sus padres se negaban a hablar del tema, evadiendo las preguntas con silencios incómodos y miradas esquivas. Al principio, Abril pensó que él volvería, que todo era un malentendido, pero con el tiempo entendió que nadie en su familia quería enfrentar la verdad: su hermano había desaparecido y nadie hacía nada por buscarlo. Ese vacío se instaló en su pecho como un peso insoportable, convirtiéndose en una tristeza silenciosa que la acompañaba a todas partes. El gimnasio se convirtió en su refugio, el único lugar donde podía liberar, aunque fuera por unas horas, la angustia que llevaba dentro. Una tarde, después de terminar su rutina, Abril se detuvo junto al corredor anterior a los vestidores, se miraba al espejo aun agitada por el ejercicio. Fue entonces cuando lo notó. Él estaba allí, apoyado contra la pared trasera con los brazos cruzados, observándola con una media sonrisa. —Te esfuerzas bastante —comentó él, con voz grave pero curiosamente relajada. Abril lo miró de reojo mientras bebía un sorbo de agua. No le gustaban las conversaciones innecesarias —Solo hago lo que tengo que hacer. —Eso es más de lo que muchos pueden decir —replicó él, encogiéndose de hombros—. Me llamo Raúl. Ella dudó un momento antes de responder. No era de las que daban su confianza rápido, pero tampoco le veía el caso a ignorarlo. —Abril. Raúl sonrió un poco más, como si ...