1. La locura de los cuarenta (2)


    Fecha: 04/02/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Isabel, Fuente: CuentoRelatos

    4 de octubre
    
    Cada vez que me veo con Nathaniel me siento una perra pervertidora, sucia, digna de ir a la cárcel… aunque no es así: tiene 19 años cumplidos y no era virgen cuando lo seduje, hace apenas seis meses, aunque casi. Solo lo había hecho con su noviecita que tenía desde la prepa y yo fui la primera que le hice sexo oral, la primera que hurgó en su ano, la primera en cabalgarlo atado… claro que él tiene bastante disposición para aprender.
    
    Sus ojos claros, su dorado bozo, la pelusilla que cubre sus hombros, esos brazos con los que me carga y me da vuelta sobre la cama sin sacarme la verga… y esa verga insaciable de 19 años, me llenan cada vez que lo veo, cada vez que puedo escaparme y (benditos artefactos modernos que le permiten estar conectado incluso en clase) él puede acudir a mí, ansioso, enamorado, adorándome, tanto que a veces me da miedo… pero ya me preocuparé cuando haya que preocuparse: de momento, como de mi mano o mejor dicho, de mi sexo.
    
    Pero aún no es tiempo de contarles del joven, del bello, del enamorado Nathaniel ni de cómo lo hice mío, porque sigo contando mi historia, sino de cómo enfrenté el terror que le tenía a exmarido y tras dos años de abandono casi total, me atreví a buscarme amantes.
    
    La verdad es que yo cada vez callaba más cosas, cada vez me sentía más triste, más sola. Era terrible dormir al lado de exmarido, cuyo cuerpo tanto me había hecho gozar, con ese pene exquisito, siempre dormido, esos brazos que ya no estrechaban, esa ...
    ... lejanía total, y yo, derritiéndome por dentro, amándolo aún. Me sentía solo, triste y más horrible que antes, nada deseada, no querida por nadie, sin nada, nadie enfrente. Solo el vacío y mis dedos.
    
    Tenía yo 27 años cuando me alejé por primera vez de mi hijo mayor –su padre sería mal marido, pero era y sigue siendo un magnífico padre, para presentar en mi Universidad el examen doctoral- y ahí, del otro lado del mar, con dos semanas por delante y una privacidad total –no quedaba nadie allá de nuestros tiempos de estudiantes-, me cogí a Carlos el día que aterricé. Carlitos, 23 años, magnífico estudiante que se fue a doctorar también allá y llevaba un año solo, pelando por carta con su novia, que entendía que amor de lejos es de pensarse.
    
    Llegué a aquella ciudad un sábado temprano, cinco días antes de mi examen, y había quedado de ver a Carlos, solo para pasear, para comer juntos… para cogérmelo. Porque llevaba la firme, clara, explícita intención de cogérmelo todos los días. Llevaba meses soñándolo, meses planeando cómo decírselo, meses sabiendo, por nuestros correos electrónicos, que estaba tan solo, tan triste, tan desamparado como yo.
    
    Finalmente, luego de horas de caminata, de dos botellas de vino, de contarnos nuestros tan distintos abandonos, le pedí: “¿me darías un beso?”.
    
    Me lo dio, y no uno. Nos seguimos besando toda la tarde, caminando como novios en esa ciudad lejana, para luego dormir juntos, tras habernos agotado el uno al otro. Y esa noche no me preocupé ...
«123»