-
48 horas
Fecha: 05/02/2026, Categorías: Confesiones Autor: drjulia, Fuente: TodoRelatos
No fue por él. Eso me repetí al menos cinco veces mientras caminaba por el Raval, con el bolso de tela colgando del hombro, la falda pegándoseme a los muslos por el calor, y el sudor bajándome lento por la espalda. No fue por él. Fue por mí. Por mi deseo. Por la necesidad absurda, casi primitiva, de volver a sentirme deseante, de no pensar tanto, de callar la voz interior que todo lo cuestiona. Tengo 38, vivo en Gràcia desde hace diez. Soy consultora freelance en cultura digital y, según Instagram, una mujer equilibrada. Pero esa tarde había algo quebrado bajo mi piel. Algo que había permanecido adormecido demasiado tiempo. Lo conocí por la app, claro. 25 años, estudiante de cine y repartidor de sushi por las noches. Abdominales marcados, pero sin arrogancia. Tenía esa mezcla peligrosa de juventud despreocupada y frases leídas en voz alta. Me habló de Godard, luego de follar sin expectativas. Me reí. Me enganché. El sitio era cutre. No "cutre-con-encanto". Cutre a secas. Unos carteles plastificados colgaban torcidos de las paredes, y la recepcionista me habló sin mirarme, mientras masticaba chicle con la boca abierta. Pensé en irme. Pero era el único centro con cita libre ese día. Y ya había dicho que sí. A todo. Al match, al mensaje de voz, al emoji de diablillo. A que hoy podía ser *la* noche. La esteticista era joven, probablemente veinteañera. Llevaba una coleta alta, unas pestañas postizas absurdamente largas y unas uñas que parecían armas. Me guió a una ...
... sala con una camilla estrecha y un ventilador que apenas movía el aire espeso del verano barcelonés. Me indicó con gesto vago que me desnudara "de cintura para abajo". Me dejó sola. Me quedé de pie un momento. Dudando. Consciente de cada poro abierto, de cada pliegue, de cada expectativa que me había creado en la cabeza. Me qué la ropa interior, me cubrí con la toalla y me tumbé. Las piernas me temblaban incluso antes de empezar. Y no por frío. Ella volvió, puso la cera a calentar, y empezó el ritual. Pequeño bote de madera, silencio interrumpido por reguetón de fondo, y mi respiración intentando acompasarse a nada. El primer tirón fue peor de lo que recordaba. El segundo me hizo apretar los dientes. Para el tercero ya tenía los puños cerrados y una gota de sudor deslizándose desde la axila al codo. Me centé en su cara. En sus labios. En su voz por mensajes. En cómo había dicho "te comería viva" con la seguridad de quien no sabe que las palabras también se pagan. En algún momento, una parte de mí se desconectó. Como si ya no tuviera opción. Como si mi cuerpo dijera: "Vale. Has querido esto. Aguanta." Y yo aguanté. Con la dignidad en la camilla, las ingles en llamas y las ganas de revolcarme con ese chaval como si tuviera veinte. Pasé a hacerme la pedicura porque ya que estaba, quería sentirme entera. Pero las piernas me temblaban aún. Me senté en la silla con cuidado, y en cuanto la chica cogió mi pie y notó el temblor, soltó una risita y dijo algo como "pareces ...