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La última vez que fui ella (2)
Fecha: 11/02/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Alma Carrizo, Fuente: CuentoRelatos
... una mano en el volante, la otra descansando relajada sobre su muslo. Su perfil recortado por las luces del tablero era puro control y presencia. Yo miraba por la ventana, todavía algo aturdida por la fiesta. —¿Te incomodó? —preguntó de repente, rompiendo el silencio. —No sé si es incomodidad lo que sentí… —respondí con honestidad—. Fue como si me hubieran sacado de mi cuerpo. Todo… tan abierto, tan libre. —Pero no participaste. —No. No era el lugar. No era con ellos. Me miró de reojo. —¿Y conmigo sería? Lo miré. Le sostuve la mirada por primera vez sin escapar. —No lo sé —dije. Pero mi voz ya no sonaba firme. Sonaba… expectante. Él volvió la vista al frente, pero una sonrisa leve se le dibujó en la boca. —Alma, vos me mirás como si quisieras decirme algo hace tiempo. Y cuando lo hacés, te arrepentís a la mitad. —¿Y si te dijera que sí? ¿Que quiero algo, pero tengo miedo? —Te diría que no tenés que tener miedo conmigo. Que no voy a hacer nada que vos no quieras. Pero si me das una sola señal… —dijo, con la voz grave— …no pienso contenerme. El resto del camino fue silencio tenso, cargado. Una electricidad espesa flotaba en el aire. Cuando llegamos al garage, bajé sin hablar. Caminé hacia el ascensor. Él me siguió. No me tocó. Ni una palabra. Entramos a mi piso. Me saqué el saco, dejando que mi vestido al cuerpo hablara por mí. Me giré hacia él. —Marcus… —dije, con la voz casi quebrada—. Necesito ayuda con ...
... algo. —Decime. —Subí conmigo. Él asintió, y subió los escalones detrás de mí en silencio. Su respiración era profunda, controlada, pero sentí la tensión en su cuerpo como una fuerza detrás mío. Cuando entramos al cuarto, me di vuelta. Lo miré. —¿Sabés cuántas veces imaginé esto? —susurré. Marcus cerró la puerta con suavidad. Se acercó despacio, como una fiera que mide cada paso. —¿Y en qué parte te detenías? —me preguntó, con la voz oscura. —En la parte donde te besaba. Y vos me agarrabas como si se te acabara la paciencia. Eso fue todo. En un segundo, su boca se estrelló contra la mía con una urgencia cruda, sin ternura ni permiso, solo hambre. Su cuerpo, enorme, duro, se apretó contra el mío como una muralla caliente. Sus manos fuertes rodearon mi cintura y me alzaron como si no pesara nada. Me sostuvo contra su pecho, sus labios aplastados contra los míos, y yo me abrí a él como si mi cuerpo lo hubiera estado esperando desde siempre. El beso fue húmedo, sucio, salvaje. Lo deseaba con una desesperación que no sabía que tenía. Me llevó hasta la cama sin dejar de besarme, dejándome caer con una suavidad que contrastaba con la violencia de su deseo. Se agachó sobre mí, su mirada encendida, feroz. —Estás tan buena, Alma… —gruñó, como si fuera un secreto que ya no podía guardarse. Le acaricié la cara con dedos temblorosos, mi cuerpo ardía. —No te contengas —susurré, jadeante—. No vine a que seas suave. No necesitó más. Me arrancó el vestido, literal, lo ...