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La Montura 2
Fecha: 17/03/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Birkin1990, Fuente: TodoRelatos
La Montura. Parte 2. El Origen: La Fiesta de las Máscaras Todo comenzó en un lugar sin nombre, en el sótano de una mansión art déco a las afueras de la ciudad. Una fiesta BDSM exclusiva, donde el anonimato era ley y los deseos más oscuros respiraban libres. "Caballos y Amos" era el tema esa noche. Elara llegó con una máscara negra de cuero, moldeada como la cabeza estilizada de una yegua: orejas puntiagudas, bridas de plata, y agujeros que dejaban ver solo sus ojos negros, brillantes de nerviosismo y emoción. Bajo el corsé de crin sintética, su piel ya palpitaba. Teo, en cambio, llevaba una máscara mínima: cuero liso sin adornos, apenas dos hendiduras para los ojos. Pero su porte lo delataba. Espalda recta, manos enguantadas cruzadas atrás, mirada escaneando el salón como un halcón. Fue él quien se acercó primero. —¿Primera vez, potranca?— su voz, distorsionada por la máscara, hizo estremecer a Elara. Ella asintió, incapaz de hablar. —Entonces sigue mis órdenes. Y no te detengas. Primer juego. En la pista de baldosas rojas, Elara se arrodilló entre otras "yeguas. Teo se montó sobre su espalda, agarrando las riendas atadas a su cinturón de castidad decorativo. —¡Arre!— ordenó, y ella avanzó a gatas, sintiendo su peso, su calor, el roce de sus pantalones contra su piel desnuda. Competían contra otras cinco parejas. Teo no pidió velocidad; exigió elegancia. "Cadencia, potranca. Que se note que llevas un amo de clase", susurró. Llegaron segundos. El ...
... sudor le escurría por la espalda, pero su sonrisa bajo la máscara era triunfal. Segundo juego. En el salón contiguo, una fila de sumisos arrodillados, cabezas alzadas. El reto: tomar la mayor longitud posible de un consolador de acrílico marcado en centímetros. Elara, con reflejos sorprendentes y una entrega que arrancó murmullos, llegó al tercer puesto (18.5 cm registrados). Teo observó, inmóvil, pero sus nudillos blancos al apretar los puertos delataron su orgullo. Al final, limpió la baba de su mentón con un gesto posesivo: —Aceptable. Pero te entrenaré para ganar. Tercer juego. En el círculo de azotes, Teo eligió un flogger de tiras de cuero suave. Elara, atada a un poste, arqueó la espalda al primer impacto. No fue dolor lo que sintió, sino liberación. Cada golpe era una pregunta, cada gemido su respuesta. Teo no marcó su piel; dibujó promesas. Cuando el verdugo principal detuvo la sesión (15 minutos exactos), ella temblaba, no de frío, sino de gratitud. El desenlace: En el fumadero, máscaras levantadas solo lo necesario para beber champagne. Teo le ofreció un cigarrillo turco. —¿Tu nombre real?— preguntó él, mientras encendía el suyo. —Elara. Y tú? —Teo. ¿Sabes lo que tienes bajo esa piel, Elara? Ella negó, expectante. —El brillo de una yegua de sangre noble. Domesticable solo por manos fuertes. Esa noche, no fueron a un hotel. Fueron a su casa. Y antes de cruzar el umbral, Teo le ordenó: —Ponte de cuatro. Así es como entrarás a tu nueva vida. Y ella lo hizo. ...