1. La Montura 2


    Fecha: 17/03/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Birkin1990, Fuente: TodoRelatos

    ... Sin máscaras. Sin público. Solo ellos, y el principio de todo.
    
    La Cabaña de los Juegos Compartidos.
    
    La cabaña olía a leña húmeda, cuero caliente y sudor. Cuatro amos. Cuatro yeguas. Una dinámica perfecta bajo las vigas de madera. Elara, arrodillada junto a las otras tres, reconocía los matices de cada sumisa:
    
    Zara, piel de ébano, músculos definidos —una yegua de resistencia.
    
    Mei-Ling, delgada y ágil como un potro joven, ojos rasgados que escondían una ferocidad sumisa.
    
    Helga, cincuenta años tallados en curvas generosas, experta en recibir dolor y convertirlo en éxtasis.
    
    Los amos bebían whisky junto a la chimenea. Teo, con sus guantes de montar aún puestos, señaló el centro de la habitación: —¡En posición!
    
    Las cuatro mujeres avanzaron a gatas, arqueando lomos, nalgas alzadas hacia el humo del hogar. Un espectáculo vivo de carne dispuesta.
    
    Primer acto: Los látigos silbaron al unísono. Crack! Crack! Crack! El sonido era una sinfonía perversa.
    
    ·El singtail de cuero fino dibujó líneas rosadas en Helga.
    
    ·El flogger pesado hizo gemir a Zara con cada impacto en sus nalgas de obsidiana.
    
    ·Mei-Ling recibió varas de bambú —agudas, precisas— que dejaron marcas en su espalda. Y Elara… sintió el crop de Teo, frío y rápido, marcando compás en sus caderas. Uno para ti, dos para mí, parecían decir los golpes.
    
    Segundo acto: Teo dio una palmada. —¡Cambio! Las reglas eran claras: los ...
    ... amos rotaban de yegua en intervalos de quince minutos. Elara contuvo el aliento cuando Marcus (amo de Zara) se acercó. Él olía a puros. La montó sin preludios, usando su miembro como si fuera estropajo. Fue brutal, funcional. Pero cuando Teo montó a Mei-Ling, clavándole los dedos en sus caderas de porcelana mientras ella gritaba en cantonés, Elara sintió un fogonazo de celos… y de excitación profunda.
    
    Tercer acto: Al amanecer, las yeguas exhaustas fueron alineadas de nuevo. Los amos eligieron. —Yo quiero la negra— dijo el amo de Helga, señalando a Zara. —La vieja sabe gemir— gruñó Marcus, palmeando las nalgas de Helga. Teo observó a Mei-Ling, temblorosa y magullada, pero luego su mirada se posó en Elara. Sangraba por un labio mordido, sus muslos temblaban. —La mía— dijo Teo, tirando de las riendas de Elara. —Siempre vuelvo a mi yegua.
    
    Fue entonces, en ese suelo de tablas ásperas, con los otros amos observando, que Teo la tomó por última vez. No como los demás. Como dueño. Su penetración fue una reclamación. Un sello.
    
    —¿Ves?— jadeó en su oído mientras Zara gemía a dos metros, montada por otro. —Presto mi herramienta… pero tú eres mi tierra. Y toda tierra debe ser labrada solo por su amo.
    
    Elara lo supo entonces: en el juego compartido, en la humillación pública, en la rotación de cuerpos… Él siempre la elegiría a ella. Porque algunas yeguas son para jugar. Otras, para marcar hasta el hueso. 
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