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Los dos cerditos
Fecha: 18/03/2026, Categorías: Gays Autor: Enelmedio, Fuente: TodoRelatos
Como los cerdos, soy un animal con una capa de grasa considerable bajo mi piel blanca y cubierta de un vello liviano y translúcido, como ellos soy omnívoro y sacio mi voraz apetito con todo tipo de viandas, ya sea un buen chorizo o una rica almeja. Como ellos, soy muy aficionado a revolcarme, con quien sea y como sea. Y como ellos, soy totalmente comestible, estoy muy sabroso, y todo mi cuerpo se puede aprovechar de una manera o de otra… Muchos hombres y no pocas mujeres han catado mis carnes, han saboreado mi salchichón, se han deleitado sobando mis jamones, o me han curtido el lomo en momentos de pasión, y todos han salido satisfechos de ese placer culpable, como quien se da el gusto de zamparse un bocadillazo de panceta bien grasiento a pesar de que el médico y los cánones de belleza le digan que no está bien. Algunas veces tengo la suerte de encontrarme con un congénere dispuesto a practicar un poco de inofensivo canibalismo conmigo, y este era el caso de aquella tarde de verano particularmente calurosa. El cerdo en cuestión era, como yo, un gocho blanco de barriga redondeada, poderosos muslos, y tetas casi de mujer, azules los ojos soñadores, un poco mayor que yo, un poco más velludo, con una capa de vello fino y cano muy sexy cubriendo su cuerpo, y con unas nalgas algo más planas que las mías pero amplias y prometedoras. En cuanto le vi supe que nos daríamos un buen festín… Me dejé llevar al matadero y me entregué a la pasión rabiosa con que me devoraba ...
... todo el cuerpo...me besaba la boca con una maestría que hacía que mis ojos se cerrasen, mi corazón se acelerase y mi polla...bueno, os lo podéis imaginar. Me lamía los pies con deleite, me comía el culazo con golosa minuciosidad, me mordisqueaba los pezones y me manoseaba las tetas sudadas con ansiosa urgencia...yo no quise ser menos y caté sus huevos con chorizo, un chorizo corto pero grueso, sabroso, salado por el sudor, tembloroso de la excitación, lleno de venas gruesas y palpitantes que recorrí con mi lengua con tanto detalle que fácilmente podría dibujar un mapa. Cuando estaba a punto de darme su leche me pidió que parase porque según me dijo no quería correrse tan pronto ya que no se veía en condiciones de encadenar dos asaltos, así que me abandoné de nuevo a las caricias de su lengua por todo mi cuerpo y me dejé agasajar con los ansiosos piropos y los ardientes besos que me regalaba. Abrazados los dos, nuestras carnes pálidas y generosas, húmedas por el sudor y la saliva, se restregaban y resbalaban, se acariciaban con lasciva glotonería, parecíamos en el espejo del armario contiguo dos puercos enzarzados en una suerte de placentera pelea. Yo me coloqué tras él y restregué mi endurecido salchichón en la raja de su trasero y lo deslicé por ella ayudándome de mi presemen y su sudor. Él se estremecía al sentir el roce de mi rabo por los aledaños de su puerta trasera, y gemía roncamente. Yo le estrujaba los pechos y le pellizcaba los pezones, haciéndole babear de ...