-
Me importa un culo decirlo
Fecha: 25/03/2026, Categorías: Masturbación Autor: cristinar, Fuente: RelatosEróticos
Les voy a contar algo que me pasó anoche y que todavía me tiene las piernas temblando. Es que a veces esta calentura me gana y no me queda de otra que entregarme a mi misma como si fuera mi propia amante. Y anoche, pana, fue una de esas noches. Todo empezó después de un día bien pesado en el salón. Llegué a mi apartamento con esa energía rara que te da cuando has estado sonriendo todo el día pero por dentro estás muriendo de aburrimiento. Me quité los zapatos, me serví un trago de ron y me senté en el sofá a ver alguna tontería en la tele. Pero mi mente no paraba. Empecé a recordar un video que me mandó un tipo con el que salí hace unos meses un tipo que, aunque no sirvió para nada serio, tenía una creatividad para el morbo que te juro que me dejaba loca. De repente, sentí ese calor familiar que empieza en la panza y se va directo para abajo. Me tocé por encima del pantalón y, marica, ya estaba humedeciendo la tela. Sonreí sola. «Cristina, esta noche es tuya», me dije, y apagué la tele. Subí a mi habitación y encendí las velas que tengo en el buró una vaina que me pone en ambiente. Me quité la ropa lentamente, frente al espejo grande que tengo en la puerta del closet. Me observé. A mis 35 años, este cuerpo me ha dado tantas alegrías como dolores de cabeza, pero anoche solo vi a una mujer que se conoce, que se quiere y que sabe lo que desea. Mis tetas, un poco más pesadas que a los 20, pero todavía firmes; mis caderas, anchas, como a los hombres les gusta; y mi ...
... pepita, rosadita y ya asomándose entre el vello bien arregladito que me hice la semana pasada. Empecé a acariciarme las tetas, pellizcándome los pezones hasta que se pararon como dos soldaditos. Los gemidos me salían solos, bajitos al principio, pero ya yo sabía que esta noche no iba a haber vecinos que se quejen. Agarré el aceite de coco que uso para hidratarme y me unté las manos. Empecé a masajearme la barriga, bajando poco a poco, haciendo círculos cerca del monte de Venus pero sin tocarlo todavía, alargando el placer como si estuviera jugando conmigo misma. Cuando por fin me atreví a bajar, mi dedo medio se deslizó entre mis labios y, marica, estaba empapada. El sonido fue obsceno un chasquido húmedo que me hizo gemir más fuerte. Empecé a mover el dedo en círculos sobre mi clítoris, que ya estaba hinchadito y palpitando. Cerré los ojos y me dejé llevar, imaginando que era la lengua de alguien más alguien que supiera hacerlo bien, que no se cansara, que disfrutara saborearme. Pero yo sola me conozco mejor que nadie. Sé exactamente cómo me gusta: presión firme pero no muy fuerte, movimientos laterales rápidos cuando estoy cerca del climax, y después más suaves para bajarme. Anoche, sin embargo, quería más. Quería sentirme llena. Agarré mi juguete favorito un vibrador rosado que me compré por internet y que parece un conejo con orejitas. Lo encendí en la velocidad más baja y lo pasé por todo mi cuerpo: por el cuello, por las tetas, por el ombligo. Cuando llegó a mi ...