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Valentina y el fin de mi arromanticismo (1): El comienzo
Fecha: 26/03/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Tic tac, Fuente: CuentoRelatos
Valentina fue una mujer a la que yo siempre quise, a pesar de que ella no sabía de mi existencia, o eso creía yo. Tiene 36 años, pero aún sigue soltera. Creo que es por su fama de mujer tímida. Es una mujer de unos 170 centímetros, más o menos delgada. Cabello teñido de color rubio. Piel más o menos clara. Ojos color negro. Boca mediana, y bastante atractiva. Algo que me causaba asombro, pues siempre estaba sola en su casa. Cuando salía a la calle, siempre llevaba con ella un paraguas para cubrirse del sol. En cambio yo, yo tengo 22 años, y a comparación de Valentina, no tuve la misma suerte que ella, pero bueno. Mido 165 cm. Soy de piel más o menos morena. Ojos cafés (aunque todos en la escuela siempre halagaron mis ojos, a pesar de que yo jamás les encontré algún atractivo). Boca algo pequeña, cabello castaño oscuro con unos tintes cafés. En fin. A lo largo de mi vida, siempre tuve la suerte de que alguna chica se fijara en mí, sin embargo, jamás me sentí atraído para formar una relación romántica. Siempre se me hizo algo incómodo, incluso me parecía algo ridículo el pensar en ir tomado de la mano con una mujer. Todo eso generó que yo fuera virgen hasta los 20 años, cuando en ese tiempo, Valentina tenía alrededor de 34 años. Fue así como en la escuela, tanto en la preparatoria como en la universidad, me etiquetaran de arromántico. Faltaban alrededor de dos meses para que yo cumpliera veinte años, ese día yo iba llegando de la universidad, cuando ...
... encontré a Valentina afuera de su casa. Se veía algo alterada. Al parecer había olvidado las llaves de su casa, así que no podía entrar. Como buen vecino, me acerqué a preguntar si le podía ayudar en algo. —Hola. Disculpe, ¿le puedo ayudar en algo? Cuando me miró, clavó sus ojos en los míos, pero su mirada llegó más allá de ellos. Sentí una puñalada en el corazón. —Ah, Hola. Bueno, fui a la farmacia y olvidé mis llaves dentro de la casa y ahora no puedo entrar. Mi papá está allá adentro y necesita tomarse sus medicamentos, pero no puedo entrar de ninguna manera. Recordé que su papá está enfermo, y ni siquiera puede levantarse por sí mismo. Su madre murió hace algunos años, así que ella vive solo con su padre, que tiene como 65 años. —Bueno, puedo saltar el portón si quieres. Miré el portón. No estaba muy alto, pero tenía puas que evitaban la entrada de ladrones a la casa. —¿Enserio harías eso, vecinito? —Sí, solo sostén mi mochila. Me quité la mochila y se la di. Comencé a trepar el portón, que estaba muy resbaloso. Aquí tenía que poner a prueba las cincuenta flexiones que hacía a diario dentro de mi habitación. Cuando llegué a lo más alto, traté de no lastimarme con aquellas púas, pero al momento de saltar, mi sudadera se atoró con una de ellas, así que cuando aterricé ambos pies en suelo firme, mi sudadera estaba partida por la mitad. —¿Estás bien? Yo solo tenía en mente la terrible decisión que había tomado al intentar ayudar a aquella ...