-
La que vivía entre la ropa sucia
Fecha: 30/03/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Faridlmm07, Fuente: CuentoRelatos
Iba manejando por una zona que apenas conocía. La calle estaba casi vacía, salvo por una figura sentada en la banqueta, rodeada de montones de ropa vieja y maloliente. Una mujer. Me llamó la atención de inmediato. No porque fuera bella en el sentido típico, sino por algo más… visceral. Estatura media, delgada pero con buenas curvas. Ropa sucia, un pantalón manchado, una camiseta sin forma que se le pegaba al pecho sin esconder nada. Sin brasier. Y debajo, dos pezones marcados como si el frío o el descaro fueran sus únicos compañeros. Me detuve. Bajé la ventana. —Oye, ¿la calle Cerezo está cerca? Ella levantó la cabeza, despeinada, con la cara manchada de mugre. Su gorra rota apenas le cubría el desorden del cabello. Me miró con sorpresa, pero respondió con una voz suave: —No… vas al revés. Es para allá —dijo, alzando el brazo para señalar. Y entonces lo vi. Su axila. Una mata de vello negro, tupido, brillante de sudor seco. La piel manchada por días sin jabón. Me quedé en silencio unos segundos, paralizado. Una corriente me recorrió el cuerpo. Esa axila… sucia, tan natural, tan brutalmente excitante. Y encima, los pezones. Marcados, puntiagudos, como llamándome. La miré, sin poder evitarlo, con una mezcla de deseo y perversión. Ella se dio cuenta. —¿Te pasa algo? —preguntó, con media sonrisa. Sabía lo que había visto. Sabía el efecto. —Sube. —¿Qué? —Sube al coche. Quiero hablar contigo. Te puedo dar algo… si aceptas. Me miró, ...
... evaluándome. —¿Hablas de dinero? ¿Y a cambio de qué? Sonreí. Apagué el motor. —Lo sabrás cuando cierres esa puerta. Ella dudó un momento. Se puso de pie, sacudiéndose el pantalón. Caminó lento, sin miedo. Subió al asiento del copiloto y cerró. —¿Y bien? ¿Qué te traes entre manos, extraño? —No soy un hombre bueno. Pero sé que tú tampoco eres una niña buena. —Entonces… dime qué quieres. Le señalé su axila. —Déjame olerla. Tócate mientras lo hago. Si me vuelvo loco, te llevo a mi casa. Ahí te pago lo que quieras. Pero yo mando. Ella se echó a reír, una risa ronca, rota, como si hacía años que nadie la ponía en juego. —Eres un enfermo… —dijo bajito, con burla—. Pero me gustas. Se levantó la manga y me la acercó, lenta. Cerré los ojos. Me incliné. El olor era fuerte. Real. Excitante como una droga. Me sentí atrapado. —Quiero más —le dije con la voz ronca. Ella se mordió el labio, y con voz baja me dijo: —Entonces pon en marcha el auto… y hazme tuya como un maldito enfermo. Ella me miraba con esos ojos que lo decían todo. Había algo salvaje en su forma de estar sentada, sin miedo, como si el mundo le hubiera arrancado todo menos su orgullo. —¿Entonces te gustan las axilas sucias? —me dijo en tono provocador, levantando un poco más el brazo, dejándola expuesta como un trofeo sucio y natural. Asentí con la mirada clavada en ese rincón de su cuerpo. El vello estaba espeso, enredado, con gotas secas de sudor viejo. El olor se sentía aún sin ...