1. Mi suegro es un cerdo (1)


    Fecha: 01/04/2026, Categorías: No Consentido Autor: Marisanin, Fuente: TodoRelatos

    Mi suegro tiene 60 años, es calvo, feo, le sobra barriga y le falta altura, un tipo al que no habría dirigido nunca la palabra si no me hubiera casado con su hijo. Desde el primer día que le vi supe que era un cerdo, un salido, me hacía comentarios subidos de tono cuando su hijo no estaba cerca. Yo no le hacía ni caso y procuraba no acercarme mucho a él, pero él lo intentaba una y otra vez. Un día se arrimó tanto que noté que estaba empalmado, le di un empujón. «No sé cómo el bobo de mi hijo pudo conseguir casarse con un pivón como tú, te lo has montado para vivir como una reina y seguro que le pones los cuernos con más de uno». Le dije que me dejara en paz, pero acertaba. Eduardo, que así se llama mi marido, es un ejecutivo que gana muchísimo dinero y que se pasa el día en reuniones y reuniones. Será muy listo para su trabajo, pero es un pavisoso en la vida. Enseguida le eché el ojo, porque manejaba la tarjeta como ninguno de sus amigos. No me fue difícil conquistarlo. Soy una mujer alta (1,78), guapa, con unas piernas largas y un culo de gimnasio que es la envidia de mis amigas. Mi talla de sujetador es 95a, unas tetas bien puestas. Eduardo, que no se comía una rosca ni con su dinero, cayó en mis redes sin problemas. Nos casamos y nos vinimos a vivir a una mansión en un barrio de lujo de Madrid. Sí, llevo una vida de reina, con dos chicas de servicio y la tarjeta de Eduardo a mi disposición. Eso sí, el sexo con Eduardo es un rollo, se corre en un suspiro, orgasmo precoz, ...
    ... y le faltan morbo e imaginación. Como pensaba mi suegro, en aquella época ya le ponía los cuernos. El viejo cerdo dio en el clavo: piensa mal y acertarás.
    
    Yo estaba liada con un instructor del gimnasio al que acudía por las mañanas. Follábamos un par de veces a las semanas. Los lunes en un motel al que me llevaba y los jueves venía a casa a darme clases particulares, o algo parecido. Todo iba de maravilla hasta que don Ramiro, mi suegro, lo averiguó. Debió de ponerme un detective o algo así. Lo supe una mañana que se presentó en mi casa. Venía muy sonriente.
    
    —Hoy va a ser un gran día —me dijo.
    
    —¿Le ha tocado la lotería? —me burlé.
    
    —No necesito dinero, ya lo sabes.
    
    —¿Y qué le trae por aquí? Ya sabe que su hijo no está.
    
    —Ya, ya, mejor. He venido a hablar contigo.
    
    —¿Conmigo?
    
    —Sí, sí, vamos a hablar de ese chico cachas del gimnasio con el que follas todas las semanas.
    
    —¡Qué dice! Usted está loco.
    
    —Anita, Anita, no mientas, que te hemos pillado.
    
    Don Ramiro empezó a enseñarme fotos que llevaba en el móvil. Ahí estaba yo entrando y saliendo del motel con Luismi, y a Luismi entrando en nuestra casa.
    
    —Eso no quiere decir nada. Eduardo ya sabe que Luismi me da clases privadas, nada raro.
    
    —Es que tengo cosas mejores, Anita. Al chico ese no le ha quedado más remedio que darnos cosas más íntimas para que no fuésemos con el cuento a mi hijo. Y hasta nos permitió grabar una de esas sesiones que tuvisteis ahí, en la piscina. Un espectáculo glorioso, ...
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