1. Una madrastra insaciable (16)


    Fecha: 15/04/2026, Categorías: Incesto Autor: Gabriel B, Fuente: TodoRelatos

    ... ella agarra la toalla y empieza a secarse.
    
    Acerco las manos a su trasero. Hundo los dedos, como garras, en esos dos glúteos absurdamente perfectos. Me inclino hacia adelante. Paso la lengua en el medio, en la parte más profunda.
    
    Ella se sobresalta.
    
    —¿Qué te pasa? —me pregunta, sin girarse—. ¿Estás enojado? ¿Estás triste?
    
    La miro reflejada en el vidrio. Me levanto. La abrazo por detrás. Apoyo mi pecho en su espalda. Llevo las manos hacia sus tetas, las acaricio, las exprimo como si no pudiera dejar de hacerlo.
    
    —Vos tendrías que ser mía —le digo, susurrándole al oído—. Mía y de nadie más.
    
    Sé que es una frase irracional, sobre todo teniendo en cuenta que mi hermano mayor se la acababa de coger. Pero no la pronuncio como una verdad, sino como un deseo.
    
    —Yo te cogería todos los días —sigo diciendo—. No tendrías que preocuparte por tu adicción al sexo, porque nunca te haría falta. Mirá cómo me ponés. Apenas acabé hace un rato, y ya se me puso dura de nuevo.
    
    Mientras le digo esto, juego con sus pezones. Están erectos, durísimos. Prueba de que ella también está caliente. Aunque sé que es al pedo pensar en eso, porque mi madrastra siempre está caliente.
    
    —Para empezar, no soy de nadie —me dice, con la voz firme. La severidad de sus palabras contrastan con la sumisión de su cuerpo. —. Y vos sabías muy bien con quién estoy casada, Julián, así que no tenías por qué esperar nada de mí.
    
    Sigo apretando mi verga en su culo. Sigo magreando sus tetas. Está a mi ...
    ... disposición, pero a su vez sigue siendo la mujer inalcanzable de siempre. Es muy loco pensarla así cuando la tengo desnuda, pegada a mí. Pero así es.
    
    Y sus palabras me afectan, simplemente porque sé que son la verdad. Me siento pequeño. Un chiquillo fantasioso que quería robarse a su madrastra y llevársela muy lejos, para vivir entre orgasmos.
    
    Las piernas me pesan, los ojos me arden. Me vuelvo a sentar en el inodoro, y me cubro la cara con las manos, en un gesto instintivo que me sorprende a mí mismo. Y entonces siento las lágrimas calientes recorriendo mi mejilla. Es patético estar acá, con la verga dura, llorando como un niñito, pero así es. Supongo que todo esto es más de lo que puedo manejar.
    
    De repente siento su mano en mi cabeza. Empieza a acariciármela como si fuera un cachorro. Me quedo un rato así, sin poder mostrar mi cara, consciente de lo patético que me veo. Si Matías me viera, se cagaría de risa, y yo lo cagaría a trompadas, o al menos intentaría hacerlo. Y, sin embargo, las lágrimas no dejan de salir.
    
    —Esto está mal —me dice finalmente—. Te estás haciendo mal… No tendría que haberme prestado a esto. Mejor volvé a tu cuarto.
    
    —No —respondo enseguida, sin mirarla. Me limpio la cara con las manos y levanto la vista para moirarla—. Si igual ya lo hicimos. No quiero irme. No quiero estar en mi cuarto mientras te cogés a Matías. Quiero cogerte yo.
    
    Ella suspira. Mira hacia un costado, como si buscara una salida que ya no existe.
    
    —Juli… de verdad, es ...
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