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On the beach
Fecha: 17/04/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: LIDIA, Fuente: TodoRelatos
La arena estaba húmeda bajo mis pies, y cada paso dejaba una huella clara que el agua venía a borrar con suavidad. Caminábamos por la orilla como si nada importara, como si el mundo fuera ese pedazo de playa nudista, el sol en la espalda, el sonido del mar rompiendo tranquilo y el sabor salado en los labios. Iba desnuda, claro. Solo una cadenita dorada colgaba de mi cuello, y en ella, la pequeña llave de su castidad brillaba como un amuleto. Me encantaba esa sensación: el sol sobre la piel, las miradas cruzadas, y saber que caminaba con mi hombre detrás, obediente, con la polla encerrada como debía estar. Él iba un poco más atrás, como siempre. No se lo pedía, pero lo entendía. Cuarenta y cinco añazos, 1,70, cuerpo cuidado, esos 65 kilos bien llevados por los años de deporte. Pero su sitio era ese: siguiéndome. Con la jaula metálica marcando su rendición. Cruzamos algunas parejas. Alguna nos miraba. Algunas mujeres reparaban en la cadena sobre mi pecho, seguían la línea hasta la pequeña llave… y luego lo miraban a él. A su entrepierna. A su jaula. Me daban ganas de guiñarles un ojo. —¿Te da vergüenza? —le pregunté sin volverme, mientras el agua nos mojaba los tobillos. —No —respondió bajito. —¿Entonces por qué caminas encogido? —Es la jaula. Aprieta con el calor. Reí. —Perfecto. Volvimos a nuestra zona habitual, en las dunas bajas. Extendí la toalla con un movimiento rápido y me dejé caer, estirándome al sol como una gata satisfecha. Él se ...
... sentó a mi lado, intentando mantener la compostura. Pero yo tenía ganas de jugar. Le giré el rostro con los dedos, suave pero firme, y le besé la mejilla. Después, sin más, dejé que mi mano bajara hasta su entrepierna. Sus huevos estaban ahí, tan fáciles, tan vulnerables, a cada lado de la jaula que mantenía su sexo atrapado. —No sé cómo no revientan —susurré con una sonrisa. Los agarré con cuidado, uno en cada mano. Me gustaba jugar con ellos así: sopesarlos, acariciarlos, estrujarlos apenas. Ver cómo se tensaba sin atreverse a gemir. Lo hacía sufrir con suavidad, como quien afina un instrumento muy caro. —Tienes los huevos llenos de mí —dije—. Y ni siquiera puedes tocarte. Cerró los ojos. Yo seguí magreándolo con una calma obscena, consciente de que a nuestro alrededor había gente. No tan cerca, pero suficiente como para que si alguien se fijaba, vería perfectamente lo que estaba pasando. Y claro… alguien se fijó. Las vi por el rabillo del ojo: tres chicas a unos pocos metros. Jóvenes, quizá un poco mayores que yo. Bronceadas, guapas, relajadas. Estaban mirándonos. Mirándolo. Una de ellas dijo algo bajito, y las tres soltaron una risita entre dientes. Otra se tapó la boca. La mirada de todas iba directa a su jaula, a mis dedos jugueteando con sus huevos como si fueran míos. Porque lo eran. Le solté despacio y me incorporé. El sol me dio en los hombros. Me levanté con calma y caminé hacia ellas. Ni me molesté en cubrirme. Que vieran bien la cadena, la ...