1. On the beach


    Fecha: 17/04/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: LIDIA, Fuente: TodoRelatos

    ... llave, mis pezones duros y mi coño húmedo.
    
    Me planté delante de ellas, firme.
    
    —¿Hay algún problema?
    
    Las tres se tensaron. La del medio fue la que habló.
    
    —No, nada… solo estábamos hablando. Perdona si…
    
    —¿Os hace gracia que tenga la polla encerrada? —interrumpí, sin subir el tono, pero sin sonreír.
    
    Se quedaron mudas. Luego una dijo:
    
    —Es solo que no es algo que se vea todos los días.
    
    —Pues debería —respondí—. Porque lo que él hace requiere algo que pocos hombres tienen: entrega. Coraje. Honestidad. No va de machito, no necesita aparentar nada. Me ha dado las llaves de su deseo y eso lo hace más hombre que muchos que van por ahí presumiendo de lo que no son capaces de sostener.
    
    La tercera chica levantó un poco la cabeza. Sus ojos fueron a la llave en mi pecho. Y no dijo nada.
    
    —Es mío —dije—. Y estoy orgullosa. De él, de nuestra manera de estar. Y de llevar la llave donde todo el mundo la pueda ver.
    
    No esperé respuesta. Me di la vuelta y regresé.
    
    Él seguía ahí, esperando. Me senté encima, a horcajadas, y le di un beso rápido.
    
    —¿Te sentiste humillado?
    
    —No, Lidia. Solo… observado ...
    ... y…tuyo.
    
    —Bien, así me gusta. Ven, dame un beso.
    
    Le acaricié el pecho, bajé la mano, le toqué los huevos una vez más. Estaban tan tensos que parecía que dolían. Me reí bajito.
    
    Volvimos al hotel cuando el sol empezaba a caer. Yo aún iba empapada del mar, con sal entre los muslos. Él, más callado que nunca, caminaba un poco detrás, con su jaula marcando cada paso.
    
    Subimos a la habitación. Cerré la puerta, tiré la toalla al suelo y me senté en el borde de la cama, abriendo las piernas.
    
    —Aquí, ahora —ordené, señalando el suelo entre mis muslos.
    
    Se arrodilló sin una palabra. Su boca fue directa a mi coño, y yo eché la cabeza hacia atrás. Su lengua sabía exactamente qué hacer, como si no existiera otra misión en el mundo. Lo oía respirar por la nariz, devoto, desesperado, hambriento. Mis manos le agarraron del pelo. Me corrí en su cara, mojando su boca, su mentón, su alma entera.
    
    Cuando terminé, aún temblando, le empujé con suavidad hacia atrás.
    
    —¿Y ahora qué? —preguntó, con la voz rota.
    
    Sostuve la llave entre mis dedos.
    
    —Ahora... ahora puedes tener cierta esperanza de que quizás mañana te ordeñe. ¿Qué te parece?. 
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