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Culo y pedo: tradición, medicina y sexo
Fecha: 05/05/2026, Categorías: Fetichismo Autor: elzorro, Fuente: CuentoRelatos
Diana nunca pensó que aquello pudiera ser bueno, mucho menos saludable. Aunque pensándolo bien tenía lógica. Los alimentos saludables, al principio, generan rechazo. Cuesta renunciar a una dosis de azúcar o no caer en el hábito de devorar una bolsa de patatas fritas ultra procesadas. Enfrentarse a una coliflor cocida por primera vez no suena como lo más excitante del mundo, eso por no hablar del olor de las coles de Bruselas. Sin embargo, todo es acostumbrarse, y una vez que el hábito se instala y la conciencia de estar comiendo algo saludable crece dentro de uno, entonces todo se convierte en rutina y es más fácil renunciar al efímero placer gustativo. Luego estaba eso de hacer ejercicio, que también cuesta al principio. Ejercicio, dieta y… y lo otro. El supuesto estudio científico, el mismo arte… si, aquello tenía que ser importante lo único… bueno, lo único era encontrar a alguien con quien compartirlo. -Diana García. -Sí, soy yo. -respondió la mujer dejando de lado sus pensamientos. Juan, como cada mañana, se metió en un vagón de metro lleno de gente. Buscar la posición adecuada para evitar caerse en un frenazo, encontrar dónde apoyar al menos una mano para guardar el equilibrio, usar el maletín con el portátil como escudo entre su abultada entrepierna y el generoso trasero de una joven, mirar de reojo caras desconocidas e imaginar historias, todo eso constituía parte del camino al trabajo. Y Juan era de los que disfrutaban del viaje a su ...
... modo. Sin embargo esta vez no iba al trabajo directamente. El metro se detuvo y el rebaño salió en tropel del redil. Juan enfiló el pasillo y encontró sitio en el lado derecho de las escaleras mecánicas. A la izquierda, los que tenían prisa, o estaban en forma o simplemente se animaban a escalar, subían con decisión escalón a escalón. Juan a veces lo hacía, no tanto por el ejercicio o las prisas, si no por ir en pos de un buen culo. Sí, tenía una cierta obsesión con esa parte de la anatomía. Le gustaban todo tipo de traseros, contundentes, bamboleantes, tersos, temblones, caídos… incluso un culo plano o desinflado no le desagradaba. Aquel día estaba de suerte, a veinte centímetros, tenía un culito femenino enfundado de unos pantalones de tela blancos. A pesar de su pequeño tamaño, la raja, generosa, engullía con avidez la tela marcando cada nalga de manera individual. Discretamente Juan colocó su maletín tapando su entrepierna, evitando así, que alguien pudiera ver la erección. -¿Me quito los pantalones? -preguntó Diana innecesariamente. La doctora levantó la cabeza del informe y contestó. -Sí, por favor. Bájese los pantalones y las braguitas y póngase de rodillas sobre la camilla. Diana obedeció mecánicamente. -Apoye las manos aquí y levante el culete. Piernas separadas por favor. En parte por la posición y en parte por cierta vergüenza, la cara de la paciente se pintó de rojo. La doctora se puso unos guantes de látex azules e impregnando el dedo índice ...