1. Un viaje para olvidar IV Encuentro al Amanecer


    Fecha: 21/05/2026, Categorías: Gays Autor: Thiago Luis da Silva, Fuente: TodoRelatos

    Un viaje para olvidar IV Encuentro al Amanecer
    
    Desperté con un jadeo, boca arriba, con la cama vieja chirriando como si estuviera a punto de partirse. Alex estaba encima de mí, follándome el ojete con una fuerza y unas ansias que me hacían ver estrellas. Cada embestida era profunda, salvaje, como si quisiera recordarme que, a pesar de todo, seguíamos siendo nosotros. La luz tenue de la mañana se filtraba por alguna grieta del sótano, iluminando el sudor en su pecho tatuado y el brillo de sus ojos. Notó que desperté y, sin parar, se inclinó y me besó con una pasión que me dejó sin aire. Sus labios eran duros, urgentes, y de pronto escupió directamente en mi boca abierta. Tragué su saliva, salada y cálida, mientras él seguía embistiéndome, gruñendo un “Buenos días, cabrón” antes de correrse dentro de mí, llenándome con un calor que me hizo gemir.
    
    Nos quedamos un momento así, jadeando, con el eco del chirrido de la cama todavía en el aire. Luego nos levantamos, los dos desnudos, con el cuerpo todavía vibrando. Alex agarró la botella de cerveza vacía y el plato donde estaban los sándwiches, ahora vacío. Yo fruncí el ceño, mirando el plato.
    
    —Oye, ¿no trajimos dos sándwiches y dos botellas de cerveza? —pregunté, con un nudo en el estómago, recordando la figura que creí ver en la noche.
    
    Alex se encogió de hombros, rascándose la nuca, su polla medio tiesa balanceándose mientras caminaba hacia la escalera. —Joder, Carlos, con todo lo que pasó anoche, no me acuerdo bien. ...
    ... Además, confieso que eché un poco de maría a la ensalada. Igual alucinamos alguna mierda, ¿no?
    
    Me quedé callado, no muy convencido, pero no quise insistir. Subimos las escaleras, Alex con la botella y el plato en la mano, yo sintiendo la lefa de Alex chorreando por mi ojete con cada paso. El aire del sótano era frío, pero al llegar a la planta baja, el calor de la mañana nos recibió. Abrimos la puerta del sótano, y ahí estaba: un hombre, de unos cuarenta años, alto, musculoso, con el cabello gris revuelto y una barba prolija que enmarcaba una sonrisa tranquila. Llevaba una camisa de cuadros rojos y negros, un pantalón de pana marrón y botas gastadas, como si acabara de salir de un paseo por el bosque.
    
    Nos miró, de pie en el umbral, desnudos, con la lefa y el sudor todavía en la piel, y su sonrisa se ensanchó, como si encontrarnos así fuera lo más normal del mundo. —Buenos días, chicos —dijo, con una voz grave y cálida que resonó en el salón.
    
    Alex y yo nos miramos, paralizados, sin saber cómo reaccionar. ¿Quién coño era este tipo, y qué hacía en nuestra cabaña?
    
    Me quedé congelado, con el cuerpo todavía pegajoso por el sudor y la lefa, dudando si taparme o no. La presencia del hombre en el salón me tenía descolocado, pero Alex, siempre más rápido para reaccionar, dio un paso al frente, con su polla medio tiesa balanceándose sin pudor. —¿Quién coño eres y qué haces aquí? —preguntó, con un tono que mezclaba desconfianza y curiosidad.
    
    El hombre no perdió la calma. Su ...
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