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El Castillo de Naipes que Derrumbé – (Parte 4)
Fecha: 23/05/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Infidelidad Sexo en Grupo Autor: Arya la redactora, Fuente: SexoSinTabues30
El autobús traqueteaba por una carretera oscura, y yo estaba hundida en el último asiento, con la cabeza contra la ventana fría. Mi cuerpo era un mapa de dolor: mis tetas magulladas bajo la camiseta rasgada, mi vaginay mi culo ardiendo como si todavía tuvieran las vergas de esos cabrones dentro. El semen seco me tiraba la piel canela, pegado en mi cara, mi pelo rizado y mis muslos gruesos. Olía a tierra, a sudor, a ellos, y cada bache del camino me hacía apretar los dientes para no gritar. Mis uñas negras se clavaban en la mochila, lo único que me quedó después de que esos cuatro me destrozaran en el lote baldío. Bajé en Chula Vista, las piernas temblándome como gelatina. La calle estaba silenciosa, solo el zumbido de un poste de luz medio roto y el eco de mis tenis contra el pavimento. La casa de mi tío Raúl era un departamento modesto, con pintura descascarada y un buzón torcido. Golpeé la puerta, mi pelo rizado cayendo en mechones sucios sobre mi cara, mis tetas apenas cubiertas por la tela rota. Raúl abrió, en pijama, sus ojos abriéndose al verme. —¡Sara, qué chingados! ¿Qué te pasó? —dijo, su voz gruesa llena de susto. Me jaló adentro, el olor a café y pan pegándose al aire. —Nada, tío… me caí, nomás —mentí, mi voz rasposa, apenas audible. No podía mirarlo. Mis caderas anchas se tambaleaban mientras cojeaba al baño, la mochila cayendo al suelo con un thud. Cerré la puerta con llave, el clic sonando como un disparo en mi cabeza. Me paré frente al espejo, y ...
... lo que vi me dio náuseas. Mi piel canela estaba manchada de tierra, mis tetas grandes marcadas con moretones rojos, los pezones café hinchados por los pellizcos. Mi pelo rizado era un nido, con pedazos de semen seco pegados como si fuera pegamento. Mi cara tenía rastros blancos, la barbilla raspada por la barba del gordo, y mis ojos cafés, con esas pestañas largas, estaban vacíos, como si alguien los hubiera apagado. Me quité la camiseta rota, los jeans y mis calzoncillos, dejándolos en un montón en el suelo. El agua de la regadera salió helada, pero me metí de todos modos, frotándome con jabón hasta que la piel me ardió. Froté mi vagina, mi culo, mis tetas, mis muslos, como si pudiera borrar lo que pasó. El agua se llevaba el semen, la tierra, pero no el dolor. Sentía sus manos sucias todavía, sus vergas partiéndome, sus risas cortándome. “Pinche putita”, habían dicho, y la palabra se me clavó en el pecho, mezclándose con la culpa por Miguel, por esos besos que no debí dejar. Pensé en Ethan, en su voz grave diciendo “No seas terca, Sara”, y sollocé, el agua ahogando mis gritos. No tomé la pastilla del día después —estaba tan rota, tan ida, que ni lo pensé, lo olvide. Mi cabeza era un nudo, y mi cuerpo, un trapo usado. Salí de la ducha envuelta en una toalla vieja, el espejo empañado escondiendo mi reflejo. Raúl me dejó ropa limpia —una sudadera suya y unos pants—, y me tiré en el sillón de la sala, mis caderas anchas hundiéndose en los cojines. No hablé, no comí, solo ...