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El Castillo de Naipes que Derrumbé – (Parte 4)
Fecha: 23/05/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Infidelidad Sexo en Grupo Autor: Arya la redactora, Fuente: SexoSinTabues30
... miré la pared, mis uñas negras rascándome las muñecas hasta dejar marcas. Raúl intentó preguntar, pero lo corté con un “Déjame, por favor”. No podía contarle. Nadie podía saber. Cuatro días después, el 19 de febrero, la puerta sonó otra vez. Me quedé tiesa, mi pelo rizado todavía húmedo cayendo sobre la sudadera. Raúl abrió, y ahí estaba Ethan. Alto como un maldito roble, 1.90, con sus hombros anchos llenando el marco. Su pelo negro corto estaba desordenado, sus ojos grises clavándose en mí como agujas. Llevaba una chamarra gastada, sus brazos fuertes tensos mientras dejaba una carpeta en la mesa. —Sara —dijo, su voz grave cortando el aire como un látigo—. ¿Por qué te fuiste? Me encogí en el sillón, mis tetas apretándose bajo la sudadera, mis muslos gruesos cruzándose como si pudiera esconderme. La carpeta tenía mis papeles —los documentos que Raúl había recibido, los que me hacían legal. Dos semanas, solo dos malditas semanas, y yo no esperé. —No sé… estaba harta —mentí, mi voz temblando. No podía mirarlo. Sus ojos grises me escaneaban, fríos, metódicos, como si ya supiera que algo estaba mal. Se sentó frente a mí, sus manos grandes apoyadas en las rodillas, su barba rala brillando bajo la luz tenue. —¿Qué pasó, Sara? —preguntó, más lento, cada palabra pesada—. No me vengas con mentiras. Mírate. Estás… diferente. Mi corazón se detuvo. Mis pestañas largas temblaron, y apreté los puños, las uñas clavándose en las palmas. ...
... Quise gritarle todo —lo de Miguel, los cuatro cabrones, el lote, el semen, el dolor—, pero mi lengua pesaba como plomo. “Unos amigos me ayudaron a cruzar”, dije, mirando al suelo, mi culo firme hundiéndose más en el sillón. Era una mentira tan débil que casi me reí de lo patética que sonaba. Ethan no dijo nada, pero su silencio era peor. Sentí sus ojos grises quemándome, buscando grietas, como siempre hacía. Se levantó, acercándose, y me puso una mano en el hombro. Su toque, que antes me hacía sentir segura, ahora me dio pánico. Me aparté rápido, un “No me toques” escapándose antes de que pudiera parar. —Okay, Sara —dijo, su voz baja, pero había algo en ella, una chispa de duda que me heló—. Vamos a arreglar esto, pero no me mientas para siempre. Raúl carraspeó desde la cocina, rompiendo el momento. “Ya están aquí los dos, pues. ¿Qué sigue?”, dijo, pero yo no contesté. Ethan agarró la carpeta, guardándola en su chamarra, y me miró una última vez. “Nos vamos a Pittsburgh en unos días. Descansa, Sara. Lo necesitas.” Me quedé sola en el sillón, mi pelo rizado cayendo sobre mi cara, mis tetas dolientes bajo la sudadera. El dolor en mi coño y mi culo seguía ahí, un recordatorio de lo que pasó. La culpa por Miguel, por no pelear más en el lote, por mentirle a Ethan, me comía viva. No pensé en la pastilla del día después, no pensé en nada. Solo quería desaparecer, pero Ethan estaba aquí, y sus ojos grises no me soltarían tan fácil.