1. La Putita Secreta


    Fecha: 26/05/2026, Categorías: Incesto Autor: Isabella, Fuente: TodoRelatos

    ... con esa mano enorme.
    
    La pija dura. Encajonado.
    
    Los ojos cerrados.
    
    El abdomen marcado se contraía con cada movimiento.
    
    Yo no respiraba.
    
    Me apreté las piernas. Me mordí el labio, me pasaba los dedos por mi conchita, pedia a gritos que me cogiera, que me diga al oido cuanto le gustaban mis tetas.
    
    Y fue ahí que lo entendí: sabía que lo estaba mirando.
    
    Se dio vuelta.
    
    No dijo nada
    
    Solo salió del baño, desnudo, mojado, y caminó hacia mí como si fuera un sueño.
    
    Su cuerpo rozó el mío.
    
    El calor entre nosotros era insoportable.
    
    Y con voz baja, cerca de mi oído, me dijo:
    
    —Ahora que estás grande… ¿te vas a seguir escondiendo?.
    
    No supe como manejar aquello, él solo apretó mis tetas y metió su mano mojada debajo de mi tanga empapada.
    
    Yo solo salí corriendo y me metí en mi habitación, con el cuerpo caliente y el corazón a mi, no debía pero quería.
    
    A la mañana siguiente nuestros padres salieron a pasear fuera de la ciudad. Iban de compras con unos amigos y yo me quedaba sola con mi hermano.
    
    Él dijo que estaba cansado y que necesitaba estar en casa, así que nuevamente estábamos solos
    
    A la hora de la siesta, la casa quedó en silencio. Ese silencio cargado que te saca el aire. El auto se alejó y yo escuché, con cada metro, cómo se disolvía la culpa.
    
    Subí las escaleras sin hacer ruido. Sabía que estaba en su cuarto, con la puerta entornada, como siempre.
    
    Golpeé apenas con los nudillos.
    
    —¿Sí? —respondió desde adentro.
    
    Empujé la ...
    ... puerta. Estaba tirado en la cama, sin remera, con el celular en la mano y una expresión que se borró cuando me vio.
    
    —Estamos solos —le dije. No sonó como una advertencia. Sonó como una promesa.
    
    Se incorporó. Me miró desde abajo, como si calculara cuánto quedaba de esa nena que él conocía, y cuánto había de esa mujer que lo deseaba sin disimulo.
    
    —¿Y qué pensás hacer con eso?
    
    Me acerqué sin responder. Me subí a la cama. Me senté sobre él. Mis piernas abiertas lo encerraron. Mi respiración ya estaba alterada.
    
    —Quiero comprobar si lo de anoche era una provocación —le dije—. O una invitación.
    
    Él sonrió. Esa sonrisa de “sabía que esto iba a pasar”.
    
    Sus manos me agarraron de la cintura. Me bajó el pantalón, la tanga con un tirón.
    
    —Estás mojada —susurró. —Hace días —contesté.
    
    Mientras veía como su verga se iba poniendo dura, le pedí que me dejara acariciarlo, necesitaba sentir su piel, su respiración otra vez.
    
    Llevaba unos bóxer azules, con un short negro.
    
    El, bajo su pantalón violentamente. No preguntó nada, solo hizo lo que quiso de mi, como si fuera su juguete.
    
    Su verga rozaba la entrada de mi concha como si supiera el camino de memoria.
    
    Estábamos en su habitación, solos en la casa, mi cuerpo montado sobre él como si siempre hubiese estado destinado a eso. Mis caderas se movían despacio, probando el ritmo, buscando el ángulo exacto donde el placer me subiera por la columna como un escalofrío caliente.
    
    Él jadeaba, con las manos aferradas a mi ...