-
Sexo en la ciudad de la furia
Fecha: 30/05/2026, Categorías: Hetero Autor: MeyLicha, Fuente: CuentoRelatos
Fresco sábado a la mañana de abril en Buenos Aires. Me desperté caliente. Me bañé rápido, me puse una tanga roja finita y el corpiño negro de encaje que me hacía ver las tetas más arriba de lo normal. Además de eso, me puse un jean ajustado, una remera blanca y el pelo húmedo me lo dejé suelto. Tenía que estar en Puerto Madero antes de las nueve ya que tenía un gran evento. Era la segunda vez que me tocaba algo así de grande, y estaba pila. Caminé apurada. El aire estaba fresco, con ese olorcito a río. Cuando llegué al muelle, ya había movimiento. Y ahí lo vi. Estaba apoyado contra una baranda, con un mate en la mano y el sol pegándole en la cara. Alto, flaco, con barba descuidada. Un buzo verde suelto y las mangas arremangadas le dejaban ver los brazos. Me miró justo cuando yo lo miraba. Me sostuvo los ojos. No sonrió. Yo tampoco. Me relamí el labio. Él bajó la mirada, tomó un sorbo de mate y se fue para adentro. —¿Quién es ese? —pregunté en voz baja a uno de los chicos. —Le dicen Tito. Es de Rosario. Un colgado, pero un capo con lo técnico. Y eso me dejó con intriga. El día fue largo. Recorridas, gente sacando fotos, chicos tocando todo, señoras preguntando boludeces. Yo lo cruzaba cada tanto. Me hablaba poco, con voz ronca y seca. —¿Me alcanzás ese cable, porfa? —¿Siempre son así de mandón? Y me sonreía. Había algo en su forma de estar, de moverse… como si no tuviera apuro. Y yo, que estaba acelerada, me quería tirar ...
... encima suyo cada vez que me pasaba cerca. Sobre todo cuando lo vi agachado arreglando una instalación, con el pantalón medio bajo y la remera levantada. Me ardió la concha. Terminamos el día cerca de las siete. Me dolían las piernas, tenía el pelo desordenado y las manos sucias de andar armando y sosteniendo cosas. Pero estaba de buen humor. Algunos de los chicos querían ir a tomar algo en algún bar, así que me sumé. Tito también. Nos fuimos en grupito, riéndonos de un par de cosas del día, caminando entre los adoquines. Yo iba al lado de él. No hablábamos mucho, pero me tiraba miradas. De esas que te miran la boca. O el culo. Él caminaba con calma. Me gustaba eso. Me daban ganas de agarrarlo. Nos sentamos todos en unas mesas afuera, en un bar de cerveza artesanal. Yo pedí una roja. Él, también. —¿Tanta casualidad o me estás copiando? —le dije, apoyando los codos en la mesa. —Capaz quiero saber si tenés buen gusto —me contestó con su voz ronca. Hablamos poco, pero cada vez más cerca. Me apoyó la rodilla contra la mía. Yo lo dejé. Después se estiró para hablarle a otro, y me rozó el brazo. No se disculpó, es más, me encantó. Cuando la noche se empezó a enfriar y la mitad del grupo ya se había ido, Tito me miró y dijo: —¿Querés ir a tomar una birra tranqui en mi hostal? Está a tres cuadras, por Corrientes. Lo miré fijo, sin decir nada. Tomé el último trago de mi vaso, y le dije: —Dale. Pero que sea tranqui en serio, ¿eh? Nos reímos los ...