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Doble infidelidad
Fecha: 05/06/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Carmen Pardo, Fuente: CuentoRelatos
Todo ocurrió en una calurosa tarde del mes de agosto. Mi marido y yo estábamos de vacaciones en Cádiz. Habíamos alquilado un apartamento en el paseo marítimo, muy cerca del estadio Ramón de Carranza. Nuestro plan de vida era semejante al de cualquier matrimonio sin hijos que disfrutaba de unas merecidas vacaciones: levantarse hacia las diez de la mañana, desayunar en la terraza del apartamento, ducharnos, ponernos los bañadores y bajar a la playa. Hacia las dos de la tarde comíamos en algún restaurante cercano al paseo marítimo, tras lo cual regresábamos a la playa, en la que permanecíamos hasta las cinco; luego nos íbamos al apartamento, nos duchábamos para quitar el salitre de nuestra piel y dormíamos un par de horas de siesta, la cual por descontado, incluía hacer el amor; hacia las ocho de la tarde nos arreglábamos y salíamos a cenar y a tomar unas copas hasta no mas tarde de las dos de la madrugada, hora en la que regresábamos al apartamento para dormir. Aquel día, después de comer, mi marido no se encontraba muy bien, por lo que decidimos no ir a la playa por la tarde. Nos fuimos al apartamento y mi marido se acostó. Como no era nada grave, yo decidí ir a visitar un centro comercial mientras mi marido se reponía. Tomé una ducha rápida y, como hacía mucho calor a esas horas centrales del día me puse un bikini seco y un pareo atado a la cintura. Bajé hasta el garaje, cogí el coche y me puse en marcha en dirección al citado centro comercial, el cual se encuentra a ...
... las afueras de la ciudad. Al abandonar el casco urbano e ingresar en una vía de circunvalación me encontré a dos chicos jóvenes, de unos veinte años, que hacían autostop en el mismo sentido de mi marcha. No tenían mala pinta y el calor era asfixiante, así que decidí parar y llevarles. Uno de ellos se sentó detrás y el otro se acomodó en el asiento de mi lado. Los dos iban en bañador y se dirigían a unas calas no muy lejanas de allí. A los pocos minutos, en mitad de la típica charla informal de presentación, el que iba detrás comenzó a bromear sobre lo atrevida que había sido al montar en mi coche a dos desconocidos cuyas intenciones ignoraba. Yo les dije que lo había hecho por dos razones. La primera porque eran muy jovencitos y me daba pena verles en el arcén bajo el calor sofocante de aquella tarde. La segunda porque no tenían aspecto de pretender violar a nadie. Los tres no reímos jocosamente con mis pobres razones, pero aquel segundo argumento, que dije casi sin pensarlo, hizo que un cierto miedo invadiera mi ser. Luego el chico que viajaba en el asiento de mi lado me preguntó que donde demonios iba a esas horas con el calor que hacía. Yo les conté mis intenciones de visitar el centro comercial, y también que estaba de vacaciones con mi marido, el cual se había sentido indispuesto aquel día. Para seguir con el tono de broma añadí que esas cosas pasan cuando ya has cumplido los cuarenta años. Entonces uno de los muchachos lanzó un halago diciendo que para mi edad ...