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Follada en el metro
Fecha: 13/06/2026, Categorías: No Consentido Autor: Gaia, Fuente: TodoRelatos
¡Hola! Esta es la continuación de “Usada en el metro”. Realmente son relatos independientes que pueden ser entendidos sin leerse los dos, pero si queréis saber cómo ha acabado Ariana así, os recomiendo pasaros antes por mi perfil :) —-------------------------------------------------- Nunca se sabe cómo va a terminar un día. Esa es la única verdad. Uno puede planear, anticipar, incluso repetir las mismas rutinas con la esperanza de mantener todo bajo control. Pero los días —como las personas— tienen sus propias decisiones. La mayoría empieza igual: el despertador sonando a la misma hora de siempre, el agua demasiado fría, el café con más prisas que sabor. Todo parece previsible, casi escrito. Y eso, precisamente, es lo peligroso: que uno baja la guardia. Que se convence de que nada va a cambiar. Pero a veces cambia. Sin ruido, sin anuncio. A veces basta un gesto, una llamada, una puerta que se cierra un poco más fuerte de lo normal. Y entonces, lo que iba a ser un martes cualquiera, ya no lo es. Ariana pensaba que el suyo sería como cualquier otro. Un día más. Nada especial. Y sin embargo, acabó envuelta en algo que nunca imaginó vivir. No lo vio venir. Ni siquiera cuando ya estaba dentro. No hubo señales, ni preámbulos dramáticos. Solo una decisión, una coincidencia mínima, casi tonta, que torció el rumbo. Y a partir de ahí, todo fue cuesta abajo, o cuesta arriba —aún no sabría decirlo—. Un hombre cualquiera. Nadie que recordaría en otra ...
... circunstancia. Ningún rostro que llamase la atención. Y, sin embargo, él fue quien cambió todo. En el metro, rodeada de cuerpos ajenos, Ariana no tuvo escapatoria. La empujaron contra la pared del vagón y, entre el vaivén de la marcha, alguien —él— aprovechó el espacio mínimo, el anonimato, la indiferencia de los demás. Notó una mano. Al principio pensó que era un roce, un accidente. Pero no se apartó. Siguió. Bajó. Se deslizó con una precisión que no dejaba dudas. Entre la tela de sus vaqueros, debajo. Ella se quedó quieta. El cuerpo no siempre responde como uno espera. No gritó. No se movió. Ni siquiera respiró. Solo sintió esa invasión que avanzaba sin permiso, sin palabras. Y un calor que la desconcertó, que no buscó, que no quería. La confusión llegó antes que la rabia. Después vino la vergüenza. Y el asco. Porque su cuerpo reaccionó. Porque, en medio de aquel abuso silencioso, su cuerpo tembló y se rindió, como si eso tuviera sentido. Como si hubiera sido suyo decidirlo. Pero no lo fue. No dijo que sí. Pero tampoco dijo que no. Y cuando llegó al final, con el temblor en las piernas y los labios apretados para no gemir, se sintió viva. Confusa. Pero viva. Apenas recordaba cómo había salido del vagón. Todo era un borrón. Un instante pegado al siguiente sin forma ni lógica. Sabía que él la sacó de allí, medio arrastrándola, medio llevándola en brazos, con una seguridad extraña, casi hipnótica. Y nadie parecía darse cuenta. O nadie quería mirar. Notaba los ...