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El vuelo de regreso no fue lo único que subió (2)
Fecha: 17/06/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Alma Carrizo, Fuente: CuentoRelatos
... dejaba de imaginarme. ¿Cómo alguien tan tímido escondía semejante bestia? Al día siguiente, mi vuelta a Argentina me esperaba… pero antes, tenía que despedirme. Me puse una lencería sexy —una tanga de encaje blanco— y un vestido transparente que había comprado para mi esposo. Pero Beto lo merecía más. Llamé a su puerta. Él abrió, sorprendido, e intentó saludarme como siempre… pero le puse un dedo en los labios, callándolo. Lo empujé hacia adentro, cerré la puerta con llave y lo besé con toda la lujuria acumulada. —¿Estás segura? —preguntó, mientras sus manos recorrían mi cuerpo. —Sí. Ya no nos veremos más. —Entonces… a darle. Me llevó hacia la cama, pero yo tomé el control. Lo tiré sobre las sábanas, me subí encima y comencé un baile lento, sensual, dejando que mi cuerpo hablara por mí. Me desvestí lentamente, dejando que su mirada ardiente recorriera cada curva de mi cuerpo. Cuando solo quedé en tanga, me moví hacia él en cuatro patas, como una felina acechando a su presa, y comencé a besarlo desde el cuello hasta la cintura. Pero él tenía otros planes. —Quiero que pongas ese culo perfecto en mi cara mientras me chupas la verga —susurró entre gemidos, sus manos ya tironéandome del pelo con urgencia. —Lo que ordene, papi —respondí, girando con sensualidad hasta posicionar mis piernas a cada lado de su cabeza. Con un movimiento brusco, su nariz se hundió en mi entrepierna. Apartó la tela de mi tanga con los dientes y, mientras ...
... una mano me agarraba la cadera, la otra masajeaba mi trasero con dedos expertos. —¡Oh, sí! Justo así… —arqué la espalda al sentir su lengua explorando cada pliegue de mi sexo. Su timidez inicial había desaparecido, reemplazada por la ferocidad de su erección, que ahora liberé de su ropa. La tomé con ambas manos, admirando su tamaño antes de llevármela a la boca. —Dios… qué grande la tenés —murmuré entre lamidas, saboreando cada centímetro hasta llegar a sus testículos, que succioné con voracidad. Él gruñó, empujando mi cabeza hacia abajo. —Más profundo, nena. Obedeciendo, me moví arriba y abajo, alternando entre chupadas y caricias con mis pechos, que ahora apretaban su miembro en un hot sándwich improvisado. —¿Te gusta, mi amor? —pregunté, mirándolo con ojos desafiantes. —Sos una diosa —jadeó. —Entonces cómeme toda. Alcanzando un condón, se lo coloqué con destreza. En segundos, me empujó contra la cama y penetró con un gemido ronco. —¡Aaah, sí! Así, duro… —grité, clavando las uñas en su espalda. Cambiamos de posiciones una y otra vez: yo encima, controlando el ritmo; él detrás, azotando mis nalgas con cada embestida. Entre gemidos y sudor, el tiempo perdió sentido. —¡Voy a acabar! —anunció, pero yo no le permití detenerse. —Dentro de mí, papi. Cuando ambos climaxamos, quedamos entrelazados, jadeando. —Pensé que los tímidos no duraban tanto —bromeé, acariciando su pecho. Él rio, tirándome de la cintura. —Todavía no es de ...