1. Amigos en la fortuna. Cuarta parte


    Fecha: 21/06/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: MujerQueDesea, Fuente: TodoRelatos

    ... trabajo, colgarse la chaqueta, ver un plato que no le gustaba y desatar el infierno.
    
    Mi madre... No tengo recuerdos de ella sonriendo de verdad. Sonreía con miedo, con resignación. Como si incluso el gesto más simple pudiera desatar la furia de aquel hombre. A veces me sentaba junto a ella en la cocina, en silencio, mientras limpiaba o cocinaba o simplemente miraba al vacío. Yo era un niño, pero entendía que estaba rota. Y eso, joder, eso te parte el alma desde muy pronto.
    
    Y luego estaba ella. Mi hermana. Lucía era la única luz en esa casa gris. Tenía una risa suave, como de campanillas, pero cada vez sonaba menos. Con los años se volvió más callada, más esquiva. Cuando cumplió diecisiete, dejó de salir de su habitación. La medicaban por la depresión. Los médicos hablaban de "factores del entorno". Qué ironía. Como si el infierno fuera un simple "factor". Se suicidó a los veinte. Y aunque han pasado años, todavía me despierto a veces con la sensación de que podría haber hecho más. O algo. O todo. Haberle arrebatado la vida a mi padre, que es de lo único que me arrepiento verdaderamente de no haber hecho en el pasado. ¿De qué ha servido mi brillantez si no pude cambiar ciertas cosas? Mi padre me derrotó; murió atropellado y fue un alivio, sí, pero la ira se apoderó de mí al no ser yo el que acabase con él. Lucía se fue, mamá terminó y murió en un sanatorio, y yo me quedé en pié, ...
    ... simulando no padecer nada. Durante un tiempo creí tener amigos, a Jandro y a Félix, pero me empeñé en perderlos, como me empeñé en dilapidar el amor de Isabel, que de haberlo cultivado habría sido incondicional y para siempre. Luego acabé con Alberta, tuvimos a las niñas, y poco después nos divorciamos.El niño que sacaba dieces, al que los profesores alababan y las chicas miraban con admiración. Al que los compañeros respetaban sin saber que cada palabra amable en el colegio era un bálsamo para lo que me esperaba al volver a casa. Yo era dos personas: el Héctor que deslumbraba por fuera, y el otro Héctor, el que lloraba en silencio, el que dormía con un ojo abierto, el que vivía en alerta constante. El que contaba los años que faltaban para huir.
    
    Juré que no miraría atrás. Que no sería como él. Que tendría éxito, dinero, respeto. Y lo tuve. Tengo una empresa, una carrera, una imagen. Pero a veces, en mitad de la noche, me siento exactamente igual de solo que cuando era un niño. Como si aquel Héctor, el otro, el roto, siguiera en mí. Y quizá sigue. Quizá por eso me cuesta tanto querer sin desconfianza. Quizá por eso, cuando veo a tipos como Félix —con sus dramas y sus idilios y su jodida suerte— me hierva la sangre. No por envidia, no. Por rabia. Porque él tiene algo que yo nunca tuve: paz.
    
    Y porque yo... yo sigo siendo el niño que sobrevivió. Pero que nunca aprendió a vivir del todo. 
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