1. El Castillo de Naipes que Derrumbé – (Parte 6)


    Fecha: 09/07/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Infidelidad Sexo en Grupo Autor: Arya la redactora, Fuente: SexoSinTabues30

    El mundo se deshizo en un parpadeo, y de pronto estaba otra vez en esa calle oscura cerca de San Ysidro, el aire oliendo a basura y llantas quemadas. La parada de autobús parpadeaba a lo lejos, pero mis pies no se movían. Mi pelo rizado, empapado de sudor, se pegaba a mi cara, mi camiseta gris marcando mis tetas grandes, los pezones duros bajo la tela. Mis jeans abrazaban mi culo redondo, mis caderas anchas temblando mientras la mochila pesaba en mis manos. No sabía cómo había vuelto aquí, pero el pánico me apretó el pecho como una garra. “No, no otra vez”, susurré, mi voz rompiéndose, pero pasos pesados sonaron detrás de mí, rápidos, hambrientos.
    
    Me giré, y ahí estaban: los cuatro cabrones del cruce. El bajito con tatuajes en el cuello, el gordo con barba, el flaco con cicatrices, el joven de pelo largo. Sus risas cortaban la noche, sus ojos brillando como perros en celo. Intenté correr, mis muslos gruesos tropezando, pero el gordo me alcanzó, sus manos sucias agarrándome el pelo. “¡Suéltame, hijo de puta!” grité, pateando, pero me arrastraron al lote baldío, el suelo lleno de llantas viejas y vidrios rotos. Caí de rodillas, el polvo raspándome la piel canela, mi camiseta levantándose para dejar ver mi cintura estrecha.
    
    “Pinche putita, qué buena estás”, gruñó el bajito, sus tatuajes moviéndose mientras se arrodillaba frente a mí. Rasgó mi camiseta con un tirón, el sonido como un latigazo, y mis tetas grandes quedaron al aire, rebotando, los pezones hinchándose por el ...
    ... frío. Intenté cubrirme, mis brazos cruzándose, pero el flaco con cicatrices me sujetó las muñecas, torciéndolas detrás de mi espalda hasta que grité. “¡No, por favor, no!” sollocé, las lágrimas quemándome, pero el gordo ya estaba sobre mí, su panza aplastándome contra el suelo.
    
    Sus manos, oliendo a sudor y tierra, apretaron mis tetas, los dedos hundiéndose en la carne suave, retorciendo mis pezones hasta que gemí de dolor. “Qué chichotas, morra, pa’ comerte”, dijo, su barba rascándome el pecho mientras mordía un pezón, sus dientes clavándose lo justo para hacerme arquear. Me dio la vuelta, boca abajo, mi cara contra el polvo, y sentí sus dedos gordos desabrochar mis jeans, bajándolos con los calzones hasta los tobillos. Mi culo redondo quedó expuesto, temblando, y el moreno musculoso se rió, dándome una nalgada que resonó como un disparo. “Mira qué nalgotas”, gruñó, sus uñas raspándome la piel canela.
    
    El gordo se puso detrás, sus rodillas abriendo mis muslos gruesos. Sentí su verga, gruesa y caliente, rozando mi vagina antes de empujar. Entró duro, desgarrándome, y grité, mi voz ahogándose en el polvo. “¡Para, cabrón!” supliqué, pero él bombeó sin parar, su panza chocando contra mi culo, mis tetas aplastándose contra el suelo. Cada embestida era un martillo, el dolor mezclándose con el roce húmedo de mi cuerpo traicionándome. Sus manos agarraban mis caderas, dejando marcas rojas, y el sudor me chorreaba por la espalda, mi pelo rizado enredado en la tierra.
    
    “Cállate, ...
«123»