-
Manuel pasa una noche en la Cueva del Oso
Fecha: 15/07/2026, Categorías: Gays Autor: GTor0, Fuente: TodoRelatos
Soy Manuel, 62 años, un viejo gordo con canas y una barriga que cuelga como un saco, atrapado en un matrimonio con Ana que es puro vacío: desayunos de café amargo, silencios que pesan como plomo y noches donde su pijama de algodón me recuerda que el deseo se apagó hace años. Pero mi vicio es un incendio que no se extingue. Después de las pollas dominicanas en aquel hotel cutre cerca de Chamartin, con semen chorreándome por la boca y el culo hasta empapar mis calzoncillos, no puedo parar. Busco más, siempre más, algo que me rompa, que me haga sentir vivo. Leo foros oscuros en internet, chats donde tíos viciosos como yo susurran sobre sitios secretos. Ahí descubrí un club subterráneo en Vallecas, un antro clandestino que no aparece en mapas, solo conocido por los que viven para el sexo crudo: el "Cueva del Oso", un lugar para osos, trans y fetichistas que no tienen límites. Era un viernes de agosto, el calor de Madrid un puto infierno, el aire pegajoso haciendo que el sudor me corriera por la espalda. Ana estaba en casa, perdida en su rutina de yoga y telenovelas, así que le solté la excusa de siempre: "Voy a tomar unas cañas con Raúl, no tardo." Ella ni parpadeó, murmurando un "vale" mientras hojeaba una revista. Me puse una camisa vieja y pantalones holgados, intentando disimular mi barriga, pero mi polla ya se movía, anticipando el vicio. Caminé hasta Vallecas, el barrio vibrando con ruido de bares y motos. El club estaba escondido en un callejón, detrás de una puerta ...
... metálica sin letrero, solo una grieta de luz roja filtrándose. Golpeé tres veces, como decían en el foro, y un tío con pinta de portero, un oso tatuado con barba, me miró de arriba abajo. "Eres nuevo, ¿eh? Pasa, pero aquí no hay reglas, viejo," dijo, abriendo la puerta. Dentro, el Cueva del Oso era un laberinto oscuro: paredes negras, luces rojas parpadeantes, olor a cuero, sudor y lubricante. El aire vibraba con gemidos y música industrial, un latido que te metía el vicio en las venas. Me dieron una pulsera de neón en la entrada, sin toalla ni chanclas, aquí todo era directo. Me quité la camisa, quedándome en camiseta interior, mis canas y barriga al aire, sintiéndome expuesto pero excitado. El lugar estaba lleno: osos gordos como yo, cachorros musculosos, trans con tetas operadas y pollas duras, todos mezclados en un frenesí de carne. Vi una jaula en una esquina donde un tío estaba atado, siendo follado por dos mientras otros miraban, masturbándose. En otra sala, una orgía de diez o más, cuerpos sudados chocando, semen salpicando el suelo. Me acerqué a un bar improvisado, pidiendo una cerveza para calmar los nervios. Ahí me topé con una trans, una diosa de 30 años llamada Carla: piel morena, pelo negro largo, tetas grandes que se marcaban bajo un corsé de cuero y una falda que dejaba ver su polla semi-dura. Me miró con ojos de predadora. "Tú eres el tipo de oso que me gusta, viejo. ¿Quieres jugar?" dijo, su voz grave y seductora. Asentí, mi polla ya dura bajo los ...